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CAPÍTULO 16: ¡Ahí os quedáis!

e repente, el ruido de su respiración agitada, los coches que comenzaban a amontonarse para ver lo ocurrido en medio de la calle, los vecinos que se disponían alrededor del cuerpo ya muerto de aquel joven sin ningún rasguño físicamente pero reventado por dentro, y sirenas de los servicios de urgencias y Policía…se SILENCIARON, Shhhhh. Bene se trasladó por unos instantes a un mundo insonoro. Allí, perpleja, con los ojos desencajados, de pie, frente por frente del cuerpo ya frío de aquella persona que le regaló una de las poquitas noches divertidas después de mucho tiempo y que le permitió olvidarse del“Alfredo’s World” y, lo más importante, era la persona que le ayudaría a dar  por terminado un plan que no llegó a ningún sitio, que se elaboró de forma precipitada y que tras meditarlo varias noches con la almohada Bene sabía que no le acercaría a su meta: Alfredo.

-Oiga, ¿Se encuentra bien?-.

-… -. Bene, estaba allí en esos momentos como si de una escultura se tratase.

-¡Jovencita, oiga. ¿Me escucha? Venga, conmigo. A ese banquito-.

Bene siguió a la señora que en esos momentos, ante tanta gente, se preocupaba por ella:

-Eso es, aquí tranquilita -.mientras le apartaba un mechón de pelo que ocultaba la parte derecha del rostro de Bene-¡Qué tragedia, verdad hija!. Una vida por delante…si es que está vida.¿Conocías al chico?.¿Estás así porqué has visto el accidente?-le preguntó sin obtener respuesta alguna-.Bueno, voy a ver si puedo llamar a alguno de los que están aquí del y que te vean. Quédate ahí, a ver si te me vas a caer.

De repente se hizo el sonido de nuevo:

-Psssss…aquí. A tu derecha.

Bene se dió la vuelta y encontró a la persona que menos podía esperar.

-Pero, pero ¡Juan!…¿Qué haces por aquí?. Sa, sa,…sabes lo que acaba de ocurrir???– Le preguntó una Bene presa de los nervios, con un nudo en la garganta que le impedía articular una palabra completa- An, An, An…tonio ha muerto. ¡¡¡Lo han matado. Un coche se lo ha llevado por delante!!!! Y el muy….no se ha parado a socorrerle-.

Juan le invitó abandonar aquel sitio e a ir a un lugar más tranquilo donde poder hablar.

-Bene, ha ocurrido. Punto. No podemos reanimarlo, no podemos hacer nada por él. ¿Estamos?. Además Bene, era algo que tenía que ocurrir más tarde o más temprano. estaba cantado.

Bene, interrumpiendo su limpieza de lágrimas y mocos sorprendió a todos los clientes de la cafetería donde se habían recluido con:

-¡Qué! Pero, pero,….¡qué me estás diciendo!.

-¿Quieres bajar la voz si o si?– Le ordenó Juan estrujando la bolsita de azúcar que hacía en esos momentos las funciones de pelota anti-stress- . Ese amigo tuyo y socio mío que acaba de abandonar el mundo de los mortales no tenía intención de decirte dónde estaba tu maldito gato-.

-¡Cómo que no!. ¿Entonces para qué?. No creo que viniese a cobrarme ninguna cuota.

-Bene, no. No venía para exigirte el pago de ninguna cuota.

-Vamos a ver,Juan, el objetivo de quedar con Antonio era simple:que me diese la dirección donde poder recoger a mí gato. ¡El sabía para qué nos habíamos citado! y en ese momento no me manifestó oposición alguna.Ambos acordamos hora y lugar. y con ello cerrábamos trato.

-Bene, cállate. Estaba al tanto de tu cita con Antonio. Sé para lo que habíais quedado y por eso mismo estoy aquí, en este preciso momento contigo y no jugando con palillos chinos ¬¬. ¿Vale o no?. Lo que te puedo asegurar es que él no intenciones de decirte dónde recoger a tu maldito gato sino qué es lo que le había ocurrido a tu gato.

Bene, que no daba crédito a todo lo que estaba sucediendo en menos de dos horas, le espetó en plan chulesco:

-Venga, pues dime tú ¿para qué había quedado entonces?-.

-Bene, el gato es otro ser vivo que dejó la vida terrenal a los dos días de entregárnoslo-.

Bene, de nuevo, para todo el público:

-¡¡¡¡¡Quéeee!!!!!.¿Dónde está mi gato??? uhy, uhy, uhy….Juan, vamos a dejarnos de estupideces, de pamplinas… mi Gato, lugar, dirección. Vamos, por favor. Ya nos vamos a dejar de tonterías-.

-Me voy a cagar en…..¿Bajas la voz o me largo?-.

-Bajo la voz, pero tu me estás diciendo a la orden de YA dónde está mi gato-.

Bene, estaba fuera de sí. El efecto del Tranquimacim ya no estaba ni siquiera en la punta de sus pies; simplemente había desaparecido. Por el contrario, el café comenzó a hacer su trabajo; le reactivó. El estado de ausencia originado por el shock del accidente fue sustituido por el de cólera, irritación, exasperación con el primer sorbo dado al expresso con sacarina: “ Más gente que se cachondea de mí. Esto clama…de verdad, eh…me dan unas ganas de….voy a mandar todo a la mierda. Voy a desaparecer. De verdad que sí. Ni el tate se va a enterar de mi existencia”.

-Bene, sabes que la asociación tiene dos medidas de asistencia de mascotas, ¿Verdad?: acogimiento en nuestro centro o acogimiento con una familia todo el tiempo que considere su dueño necesario; bueno, cumpliendo siempre el mínimo de 15 días. Hasta ahí, bien-.

La mirada colérica de Bene instaba a Juan a continuar sin detenerse en detalles más que sabidos por ella; o al menos que ella pensaba saber.

-¿Me vas a re-contar lo que yo leí en su momento en el contrato que firmé?-le preguntó en tono irónico-. Sí. Lo sé. Os dije que mi opción preferente era la de la “Residencia con una familia”. Sigue-.

-Efectivamente, pero…-.

 

Le interrumpió Bene:

-Pero ¿qué de qué? Quiero mi gato. Tengo prisa. Estoy en horario de trabajo. Venga, tu debes saber como trabajador, socio, miembro o lo que seas de Bukakke dónde se encuentra mi gato. Tú me dices la dirección de la familia que lo acoge y no hace falta ni que me lleves. Yo en cuanto salga del trabajo, voy directa al sitio, cojo mi gatito, agradezco todas las atenciones que la familia happy le ha dado al animal y ¡listo!. No quiero saber nada más. Aquí se acaba nuestro contrato-.

-Ehhh, querida¿Has entendido lo de “abandonar la vida terrenal?- Insistencia del empleo de ambos interlocutores por emplear el tono irónico.

-…………-.mirada “no soy imbécil” -Mi gato. La mierda de gato no está muerto. Ese gato lo tengo que tener en mis manos. Así es que…-.

Juan no le dejó seguir, agarrándola del brazo fuertemente y acercándola a él:

-¿Sabes que la muerte de tu amigo y mi socio, Antonio así como la de gato no fue un accidente fortuito sino un asesinato. ?. La consecuencia de no tener la boca callada-.

Bene se hizo una bola. Con los brazos cruzados, la cabeza metida en el cuello alto del jersey de lana que llevaba puesto y unos ojos cargados de tantas emociones, le preguntó con voz temblorosa y con una lágrima a punto de saltar de la pestaña a la mejilla:

-¿Tienes intenciones de matarme a mí también?-.

Juan, no daba crédito a lo que escuchaba. Pensaba: “Pero, pero,…qué narices está entendiendo esta histérica”.

Vamos a ver, Bene. Tranquila. Juan, yo, la persona que tienes delante tuya, está contigo, no quiere acerte daño. Está aquí  para hablarte de todo lo ocurrido con tu gatito y el motivo que le ha llevado a tener ese fatal y dramático desenlace y al veterinario de Bukakke, nuestro Antonio.

Juan, en un intento de ser lo más didáctico posible, mantener una actitud de lo más calmada y sosegada posible con Bene prosiguió:

-Bene, tu escucha y luego preguntas, ¿de acuerdo?.

-De acuerdo, ¡Pero sigue!.

– Tu gato fue entregado a una familia de acogida temporal. Estos reunían todos los requisitos, tal, tal, tal,…familia de cuatro miembros, encantadora, niños guapos, mujer….por cierto, muy parecida físicamente a tí, aparentemente responsable,….Nada, reunían las condiciones para poder quedarse con tu gato el tiempo acordado.Bien, hasta ahí todo normal. A los dos días se presenta el cabeza de familia, el padre de los niños guapísimos, marido de una sra. encantadora,…con el gato en la jaula. Nos cuenta no se qué paparruchada de que ha aparecido muerto a la mañana. Que tanto sus hijos, su mujer y él no sabían qué le había podido ocurrir. Me dice, que no se le dió nada de comer que no fuese lo recomendado desde la asociación, que no salió de casa, que tenía su cama, su lugar donde descansar y estar resguardado del frío,…¡Vaya!, me suelta, ¡Qué el gato ya venía defectuoso cuando  se lo entregaron desde  la Asociación! y finalmente, que lo lamentaba mucho.

 

Bene, lo interumpió:

-Juan, sabes que el gato estaba más sano que el presentador de “Salud al Día”. Estaba mejor que tú y que yo, que nos enterraba ese maldito gato- recordario acompañado de golpetazo de la mesa con fines de afirmación en lo dicho.

-Ya, ya Bene. Deja que te cuente-.

-Perdona, continúa-.

Juan, antes de proseguir tomó un sorbo del cortado que había pedido hacía ya más de media hora, casi en estado de criogenización mientras echaba un vistazo a su alrededor con el fin de asegurarse que podían proseguir con la revelación estando sanos y salvos.

-Le dije que no se preocupase. Que quizás el gato había sufrido una muerte súbita o cualquier otro fallo fisiológico: respiratorio, cerebral,…en fin, quise transmitirle tranquilidad, tanto a su familia como a él. Le dije que antes de irse debía esperarse a que le hiciesen una exploración nuestro veterinario, Antonio. Con él, podríamos conocer la causa de la muerte del animal y al mismo tiempo quitarle esa supuesta lamentación, cupabilidad. Pero él, lejos de tener interés por conocer las causas, mantuvo una postura de pasotismo: “Para qué hombre. Ya está el gato muertecillo…ustedes no creo que pongan en duda nuestra labor como “acogedores de mascotas, ¿no?. En ese día y medio que pasó con nosotros lo quisimos como si…es que no hay palabras, era tan adorable, se hacía de querer de una manera que…” ; el tipo se esforzó por fabricar una lágrima pero sin éxito alguno. Yo volví a subrayar el agradecimiento que la asociación tenía hacia familias como la suya, por realizar actos tan solidarios como éstos pero que, a pesar de todo, era necesario la realización de dicha autopsia, porque así venía recogido en nuestro protocolo de actuación-.

-Si…¿Y qué resultados dió la autopsia del Churchill?-.

-Esperaaaaaa….Después de estar soportando al tipo cerca de una hora repitiendo lo mismo una y otra vez acerca de lo innecesario de hacer la autopsia, de la prisa que tenía para ir a trabajar, que si cual, que si tal, apareció Antonio: “Lamento decirlo, pero este animal ha sido envenenado. Aquí están las muestras. La galletita que tenía en el estómago Churchill ha sido analizada en nuestro laboratorio y los resultados concluyen con que ha sido envenenada. Hablamos de un fuerte insecticida usado en los cultivos. Y no sé cómo decirlo, pero no estamos hablando de un tóxico, una sustancia que nos encontremos en la acera que está debajo de nuestra casa o en el parque. No, esto ha sido un envenenamiento intencionado”. Y no le dió tiempo de concluir Antonio su informe, cuando el tipo se fué flechado a él, lo cogió del cuello y lo amenazó con matarlo si abría la boca.

Bene, no daba crédito a lo que escuchaba. Era imposible. Se preguntaba qué narices tenía ese gato para esa familia. Operando en esos momentos el lado más ingenuo de Bene, quiso pensar que el miedo, la culpabilidad de aquel hombre por haber matado de manera no intencionada a ese animal le llevó a perder los estribos de esa forma. Al fin y al cabo, ese hombre a lo mejor contaba con un jardín en su chalet adosado, el paquete de galletas estaría cerca de los productos para el cuidado de las plantas y ¡plof! Se caería, derramándose uno de esos botes medio abiertos sobre el paquete de galletas y sin nadie saberlo pues acabar como si de cereales con leche se tratase; o saberlo el hombre pero no considerar que pasase nada por cuatro gotas. “Un poquito de agua del grifo y aquí no ha pasado nada”

Bene, no quería pensar que el gato había sido asesinado, no. Quería buscarse cualquier excusa por absurda que pareciese. Todas las opciones por muy rocambolescas que pareciesen para el 99% de la humanidad tenían cabida en su mente, menos la de matar intencionadamente, con alevosía a un pobre e inocente gato que estaba ayudando a despegar a una Agencia de comunicación. “¿Qué daño puede hacer un minino?” 

 

-El asunto queda zanjado desde este mismo momento- Ordenó el tipo.

-De eso nada. Pensamos llamar a la policía ahora mismo. Y por supuesto..-Antonio, saltándose  la torera lo que decía aquel asusta veterinarios-.¡¡¡Juan, llama a la dueña del animal!!-.

Agarrándole de nuevo del cuello y empujándolo contra la pared:

-Pero vamos a ver, mequetrefe ¿tú no me has entendido, verdad?. Que el asunto se queda así. Zanjado. Ese animal tenía que acabar como ha acabado “finitto”. Y tú vas a llamar a quien yo te diga y cuando yo te diga. Llamarás a su dueño o dueña, quién sea. Le dirás que acuda a la asociación y cuando sea el momento de decirle lo sucedido con su gatucho le dirás que tuvo una muerte súbita mientras dormía plácidamente en el hogar de la familia que le acogió deseosa de darle amor y cariño-siguió con tono amenazante- ¿Hay alguna parte que no has entendido?. Ese gato, ahí donde lo ves, me está quitando dinero. Por su culpa, mi empresa tiene pérdidas. Tú no lo sabes, pero es famoso en el mundo de la publicidad. Es una mina de oro. ¿Acaso no te suena lo más “in” entre las celebrities, el Churchill’s time?Ese gato es la Isabel Preysler en el mundo de los gatos y…en el mundo de los ricachones se parten la cara por aparecer en un photocall . ¿Y tú crees que yo puedo permitirme que una bola de pelo me haga irme a la cama preocupado?-.

Los dos jóvenes andaban perdidos, no entendían nada. Para ellos era simplemente un gatucho, sin pedigree, más bien tirando a feo, sin gracia alguna cuando lo vieron por primera vez. Juan estaba dispuesto a no abrir la boca. El segundo era el rebelado de la vida.

-Y a tí, te digo lo mismo ¡Chitón!. Muy bien, chicos. Ahora si me lo permitiís-pero cuando estaba a punto de irse– ¡Ah!, Olvidaba deciros: durante un tiempo no me va importar ser vuestra sombra. Me gusta asegurarme de que todo queda bien atado.

 

La 14,00 de la tarde: “14 horas, 13 en Canarias. Noticias de medio día. Buenas tardes, les habla….hoy en el Congreso bla, bla, bla”. Dinggg, Dongggg….

-¿Siii?. Un momento. Maldita olla a presión…. ¡¡¡Un segundo!!!.

-Hola, Cariño. ¿Qué pasa?- le dió un rutinario beso a Rocío sin nisiquiera mirarle a la cara y directamente se fué a la cocina en busca de una lata de atún, una Shandi y una servilleta. ¿Destino? Salón. Por el camino: zapatos, corbata y maletín.

Mientras, Rocío, permanecía en la entrada donde podía visualizar ambos lugares, cocina y salón. En ese momento podía haberle recriminado de un grito, de un golpe en la mesa, la falta de un beso de cariño, un abrazo de esos que tramisten no se qué, pero qué dicen algo,…a su regreso a casa, la falta de interés por conocer como le fué a su pareja durante la mañana en su reducido mundo de ama de casa, la inexistencia de ese escaneo que tanto echaba en falta  de su marido a su físico “¡oye qué guapa; qué bien te sienta esto; esto, no te lo  había visto puesto, etc, etc, …!!¡¡¡Mostrar algo de atención a su mujer, narices!!!! y no una mera receptora de ropa sucia, limpia mocos, aguanta penas y acumuladora de frustraciones. Sí, lo podía haber hecho una vez más, pero no. La cobardía de nuevo le pudo. El miedo a las consecuencias le echó para atrás reduciendo todo esa triste situación que se repetía cada día en:

-Mario, ¿Cómo te fué el día?. ¿Qué haces aquí tan temprano?-.

-Cariño, no tengo ganas de hablar. Me lo podía permitir. Me he quedado más tranquilo después de haber cerrado una operación. Ya está, no hay nada más qué contar. Ahora, eh, ¿te puedes apartar? Quiero ver las noticias de la Cuatro.

En ese instante si las miradas matasen,  Mario estaba más que muerto. Habría quedado reducido tan solo materia en el espacio, energía flotando. Ni un “¿Cómo te ha ido el día?, ni ¿Qué te parece una cena esta noche dejando a los niños en casa de tu hermana Bene?, ni ¡qué guapa, qué cuerpazo (aunque no se creyese sus palabras)!”. Nada. Era un cero; pero un cero en medio de la nada. No tenía ni el privilegio de estar en la izquierda. Era la indiferencia personificada.

Rocío le apartó los pies de encima de la mesa que acababa de limpiar de un manotazo sin él inmutarse, dejando la vista clavada en la TV. Seguidamente subió a su dormitorio. Allí sentada, frente a la ventana, dejó fijada la mirada en sus zapatillas rosa palo, llena de pelotillas y alguna pelusa pegada en el borde:

-No quiero esta vida.- dijo en voz alta.

 

Melodía de vodafone, sonando insistentemente. Bene, no tenía ni un milisegundo para atender a su hermana. Era todo oídos de Juan.

-Este tipo hizo lo que nos dijo. Ha sido nuestra sombra. De ahí el fatal desenlace de nuestro Antonio.No se quedó calladito y ha pasado pues lo que tenía que pasar-.

-Pero entonces, ese tipo me conocía. ¡Nos conoce!. Sabía de dónde procedía Churchill. ¡¡¡De nuestra agencia!!!. Madre mía, en qué lío me he metido- bajando aún más si cabe el tono de voz- Juan, si te metes en nuestra Web, aparecen los nombres de mis dos socios y el mío. Juan ¿Estamos en peligro?- no paraba de zamarrearle el brazo– ¡¡¡¡Juan, mis socios, yo. Qué vamos a hacer!-.

– Bene, qué te puedo decir. Lo que sabemos es que ese tipo por su trabajo es capaz de asesinar a una persona y a un gato. Ese tal Mario no tiene escrúpulos-.

-¿Cómo has dicho? ¿Mario?-.

Bene pasó a solicitarle la descripción física del asesino de veterinarios y gatos. Todo encajaba: “Iba acompañado de una mujer parecida a mí, los hijos: un niño y una niña, él pelo rizado, metro noventa, pelo ondulado a tope de gomina¡¡¡Sí era el cuñado de Bene. El marido de su hermana!.

-Camarero, póngame un whisky doble, por favor-. De nuevo, la reactivación inundó a Bene-. Juan ¿Ese tipo es mi cuñado. Fué mi jefe y en mi anterior trabajo. Su empresa, en la actualidad ¡Es nuestra principal competidora! No doy crédito, de verdad.¿Y mi hermana? ¿Sabrá lo que hace su marido?-.

-Aquí tiene Sra, su whisky doble-.

Juan mientras jugaba con la cucharilla con café pegajoso dándole vueltecillas mientras se limitaba a asentir con la cabeza:

De un trago se bebió el estimulante líquido que le llevaría a despedirse de Juan, desearle una feliz vida y seguidamente coger el billete sucio, carcomido y viejo de 10 euros que tenía en la cartera, olvidándose de ese asunto que por aquel entonces le parecía de lo más serio como era el de la “higiene”. Se acabó las máscaras y los secretos.

Salió corriendo hacia la agencia:

-¡Qué pasa!. ¿Y ese sofoco?- le preguntó Juanjo.

-Juanjo, por favor, un segundo. ¡¡¡¡Alfredoooooo!!!.-.

Alfredo atendía una llamada. Rápidamente colgó comprometiéndose responderle unos minutos más tarde.

Pero, ¿Qué horas son estás?, ¿Trabajas aquí o haces como que trabajas?, ¿Qué horas son estas? Dime, contesta. Alguna explicación habrá-. los gritos de Alfredo se podían escuchar perfectamente dos calles más abajos.

Bene tratando de morderse la lengua y no responderle de malas maneras al desgraciado de Alfredo les pidió que la escucharan,tanto Juanjo como él, tan solo 5 minutos. Se comprometió a ser rápida, escueta y directa. Tomó aire y comenzó:

-Juanjo. Alfredo. El gato, Churchill ha muerto. Lo sabía desde hace días. Me lo llevé a una asociación donde lo cuidasen. ¿Objetivo? Conseguir que surgiesen nuevas ideas diferentes, nuevos proyectos que diesen un giro a la Agencia. Sobre todo, acercarme a tí, Alfredo. El ser más egoísta que he conocido, más creativo, trabajador que  he visto; a la vez el más cobarde y miserable . Suponía que hacer desaparecer el gato nos uniría más. Mejor dicho,  me acercaría más a tí como cuando nos embarcamos en esta locura de abrir la Agencia. Tanto el dejar mi trabajo para crear algo nuevo que me llevaba de nuevo a la incertidumbre a nivel laboral como el hacer desaparecer ese gato lo he hecho porque hace años que estoy enamorada de tí, de alguien para la que soy invisible, para la que soy una simple loca de la limpieza. Y pensaba que actos como estos me llevarían a alcanzar mi sueño, de mujer lerda, estúpida e ingenua.

Interrumpió Juanjo:

Y ¿yo? ¿Qué culpa tengo de todo esto?Allá con vuestros líos y vuestras paranoias, pero ¡¡¡Era mi gato. Mi idea!!! Pero qué pandilla de…esto no pienso dejarlo así. Os aseguro que no. Esto va a los tribunales como me llamo Juan José García Mejías. Ah, y os habéis ganado un enemigo, que lo sepáis.

Se levantó, no quiso seguir presenciando la declaración de amor patética que le estaba regalando su jefa a su jefe. Cogió su chaqueta y con un “Iros al infierno” se marchó de la Agencia con  un portazo, que bien podría haber tirado el marco de la puerta.

Mientras, Alfredo no podía emitir sonido alguno, con la cara blanca y las manos sobre la cabeza, sorprendido por todo lo que estaba ocurriendo se giró con su silla de ruedas, de nuevo, hacia Bene esperando que prosiguiera.

-Vaya. Las primeras reacciones-refiriénose al abandono más que justificado de Juanjo-. Bien, pues yo finalizo. Alfredo, tan solo me queda desearte la misma suerte que he tenido yo tanto en el trabajo como en el amor, hasta el momento. Y espero que no corras con la misma suerte que espero tener justo cuando salga de esta agencia.

-¡Cómo! ¡Te vas!. No puedes. No podéis-.

-¿Cómo? Mira, ¿ves las cosas de mi mesa?- de un barrido con los brazos tiró todo al suelo la mesa quedó limpia. aquella tavla con cuatro patas simbolizaba la nueva vida de Bene. Limpia, sin nada, lista para ser utilizada para otros menesteres: entrenamiento de autoestima, búsqueda de su verdadera media naranja, vuelta a sus intentos por ser la brillante  publicista que ya demostraba en sus tiempos de universitaria, viajar, emborracharse los fines de semana sin pensar en nadie ni en nada,…en definitiva, vivir de nuevo; comenzar un nuevo libro, donde no hay índices, donde todo transcurre de forma espontánea y en el que las cosas triviales son las que verdaderamente se han de estudiar y las cosas serias de la vida ser abordadas con trivialidad.

No puedo decir que haya sido un placer conocerte. En cualquier caso podría agradecerte que hayas pasado por mi vida, pues he aprendido ¡Por fiiiiin! A quererme, a no reducir mi vida a una sombra que persigue a alguien o algo. Gracias Alfredo. Hasta más ver.

Y allí se quedó Alfredo, en medio de la agencia, sentado en la triste silla del Ikea, llorando como un niño con la mirada puesta en la puerta.  Puerta de la dejó salir demasiadas personas, oportunidades y proyectos

 

 

-Rocío, ¿Qué haces con las maletas?. Si las vas a llevar al garage espera a que vengan los niños y que te echen un cable-. Consejo emitido por Mario a su señora esposa, desde el salón, tumbado en el sofá sin ninguna intención de hacer otro movimiento que el de rascarse la nalga derecha-.

-Mario, me voy. Ahí te quedas-.

Mario, sin escuchar nada:

-Si, si, si cariño estoy pendiente del teléfono si llaman. No te preocupes-. Ni una sola mirada a Rocío.

-Grrrrrr…Hijo de… -.

    Rocío metió sus dos trolls en el maletero rumbo al aeropuerto. Antes haría una parada en el Mercadona. Allí compraría unas cuantas cosas básicas para el viaje, cuyo destino aún no estaba decidido.

    Antes de poner en marcha el coche volvió a llamar a su madre por quinta vez para asegurarse que había entendido a la perfección lo que tenía que hacer con los niños, Pedro e Irene: comidas, horarios, tiempo que ella estaría ausente. No pudo reprimirse y se echó a llorar. Sentía lástima por ellos; sabía que no los abadonaba sino que los dejaba un tiempo con su yaya mientras mamá entrenaba para ser una “ súper mamá, como les gustaba a ellos llamarla cuando conseguían lo que querían: ir al cine, parque de atracciones, quedarse más tiempo viendo la TV,…Realizada la llamada arrancó el coche y de camino al súper se acordó de su hermana, de su Bene.Para ella era  una mujer exitosa, que tenía todo lo que quería, que si no tenía novio aún era porque no quería, no tenía tiempo con su trabajo en la agencia…cuánto la envidiaba. Pero qué equivocada estaba. Rocío.

-¡Rocío!- exclamó con sorpresa.

¡Bene! ¿Qué haces?. Oye, y qué haces que no estás en el trabajo???….¿Estás bien? Has estado llorando hermana-.

-……-. silencio- ¡Y tú! No deberías estar en casa preparando ya la mesa. ¿Tus nenes y tu marido? estarán a punto de venir ¿no?

-Bueno. Bene, creo que he cometido una locura y creo que no voy a dar marcha atrás aunque me lo impidas una vez te la cuente.

Bene secándose las lágrimas. Total atención a Rocío:

-Me he ido de casa. Soy una infeliz por culpa del miserable que está ahí postrado en el sofá. Los nenes están con mamá. Los cuidará todo el tiempo que necesite para oxigenarme, para recolocar ciertas piezas de mi vida y hacer limpieza de otras. No sé a dónde me voy a ir. Quiero salir. El único destino de momento es el aeropuerto. Una vez allí tengo que elegir donde regenerar mi mente.

-Rocío- agarrándola de los hombros y situándose frente por frente, en la zona de las congelados, apartando las bolsas con ruedas y olvidándose del alrededor- me apuntó a esa regeneración neuronal. Cojamos lo que nos haga falta y corriendo al aeropuerto. Un destino nos espera. No sabemos cuál, pero ahí está.

 

“Sea cual sea la meta,el sueño, el objetivo nada resulta imposible cuando se está decidido/a. Incluso es posible remover cielo y tierra como se quiera. Pero cuando cuando el hombre/mujer no tiene el “corazón en el vientre”, carece de determinación. Remover cielo y tierra sin esfuerzo es una simple cuestión de concentración”.

(Hagakure)

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CAPÍTULO 15: MALDITAS REDES SOCIALES

Bene supo que aquel no iba a ser un buen día desde que sacó los dos pies de la cama. Eran las dos y cuarto de la mañana y todavía seguían acordándose de toda la familia del señor Zuckerberg.
– ¿Por que no se nos ocurrió que podría pasar esto? -Dijo Alfredo mientras se echaba las manos a la cabeza-.

– Y eso que vivimos en un estado en el que la iglesia está muy bien vista -apostilló Juanjo con cierta ironía-.

Lo que irritaba a Alfredo era aquel grupo que tanto revuelo había causado en las redes sociales, “casilla de apoyo a la ciencia en la declaración de la renta”, y que había afectado a su mayor cliente: la iglesia católica.

– Llevan todo el día llamándome al teléfono. Que por qué no lo habíamos visto venir, que por qué no lo hicimos antes. Parecían Mourinho, no se que coj…

El teléfono de Bene interrumpió el lamento de Alfredo y se quedó mirándola, como si de esa forma dejaría de sonar el móvil. Bene no supo disimular su cara de asombro al ver el nombre de la pantalla. Antonio la estaba llamando.

– Voy un momento a tu despacho, Alfredo, es mi hermana -Le engañó Bene-.

– Si, seguro que es tu hermana… Anda, no te pegues media hora hablando de gilipolleces con tu noviete, que no estamos para chorradas -Le gritó Alfredo de malas maneras-.

– Bene, en media hora en el Bar Casa Andoni -Dijo la voz al otro lado del teléfono-. Te diré donde está el gato para que vayas a recogerlo.

– No, mejor quedamos en el bar Crisfer, el que está haciendo esquina -Respondió Bene en voz baja-. A lo mejor a estos dos les da por ir a tomarse una caña ahí y no quiero que nos vean juntos.

– Está bien -Y tras su escueta respuesta, Antonio colgó.

– Necesitamos una solución, ¡y la necesitamos ya! -Oyó gritar a Alfredo mientras abría la puerta de su despacho.

– La solución es que a los científicos se les hubiera ocurrido lo de la inquisición antes -Dijo Bene mientras pasaba junto a ellos-. Voy a bajar a que me dé el aire.

La nominación lo había cambiado todo. Bene decidió anular el plan y pidió que le devolvieran al gato. En su cabeza solo podía pensar en soles, nuevos clientes, compañeros de profesión dándoles la enhorabuena, un Grand Prix…

– A la mierda Bukkake -Pensó, y una sonrisa se dibujó en su cara.

En ese momento vio como Antonio bajaba de un taxi en la acera de enfrente y se disponía a cruzar donde estaba Bene.

Lo siguiente que vio fue cómo le pasaba un coche por encima.

Había bajado solo con su abrigo, se había dejado el monedero y el móvil en la agencia y no tenía suelto en sus bolsillos para llamar desde la cabina de la esquina. No había nadie en la calle y el coche huyó despavorido. No podía avisar ni a Alfredo ni a Juanjo sin exponerse a que la encontraran culpable de la desaparición del gato.

Con un vistazo rápido a su alrededor encontró una moneda de un euro, con ella podría llamar a una ambulancia, a la policía, a los bomberos…

Pero la solución se esfumó tan rápido como vino.

– Mierda -Pensó Bene-. La moneda está en el puto suelo.

CAPÍTULO 14: SANTA TERESA

La llamaban Betty Boop. Algo evidente en la noche madrileña, se había ganado la fama de ser facilona con los hombres. Llevar cerca de 2 años trabajando en La Petisa no ayudaban a mantener la discreción. Rondaba los cuarenta y a pesar de que sus pechos habían perdido turgencia, siempre abría más de la cuenta la botonadura de su camisa blanca.

-Hola guapa, nos pones un Santa Teresa Selecto con Coca-Cola y un Jack Daniels con hielo.

-Sólo tengo el Santa Teresa Gran Reserva…

Alfredo lo sabía perfectamente, pero confiaba en que su insistencia acabara surtiendo efecto. Miró a Juanjo con desgana.

-Eres un pesado, Alfredo. Sírvele el Gran Reserva, como la última vez. –Dijo Juanjo mientras buscaba algo en su móvil.

Alfredo suspiró, y se giró para seguir con la mirada los pasos de Betty Boop.

-Me pone muchísimo, tío. Todavía no me puedo creer que se estuviera tirando al panoli de tu primo.

Alfredo volvió a mirar a Juanjo en busca de una respuesta.

-¡Juanjo! ¿Quieres dejar el puto móvil?

-Estoy intentando encontrar algo de los de la asociación esta de animales, pero no hay manera. Todavía estoy flipando con el email.

Alfredo, aún intentando entender lo que estaba ocurriendo con el gato, parecía, desde la entrada a La Petisa, más centrado en los atributos de la camarera. Juanjo conocía bien a Betty Boop. Un primo suyo había estado saliendo con ella durante algún tiempo y el propio Juanjo se había ocupado de exagerar la distracción moral de la chica. Su nombre real era Sofía. Aunque quizá no hubiera ejercido nunca, había estudiado veterinaria, pero era más conocida por haber trabajado en varios garitos de Huertas.

Juanjo se llevó la copa de whisky a la boca mientras seguía empeñado en encontrar alguna información en la red.

-Sigo sin entenderlo, Alfredo. No sé a qué cojones está jugando Bene. ¿Con qué cara la miro cuando entre mañana en la agencia?

Alfredo se encogió de hombros mientas suspiraba levemente y apretó sus labios con cara de incredulidad. Él creía conocer bien a Bene. En muchas ocasiones se había sentido culpable de haberla embarcado en su proyecto de Misa de Doce, pero llegados a esa situación se sentía contrariado.

-Hace poco quedó con un tal Antonio.

-¿Quién? –preguntó Juanjo mientras guardaba su teléfono.

-¿Quién va a ser? ¡La loca de las monedas!

-¿Y qué tiene que ver el Antonio ese con los hijos de puta del Bukkake?

Alfredo se iba y venía de la conversación. Su mirada quedaba perdida constantemente en los movimientos de la camarera que no paraba de servir cócteles y cubatas.

-¡Alfredo!

Alfredo había esperado hasta encontrarse con la mirada de Betty Boop, y le sonrió. Ella le aguantó la mirada durante un par de segundos, cogió el pimentero y prosiguió preparando un Bloody Mary. Alfredo retomó la conversación.

-No sé, no tiene nada que ver. Simplemente te lo comentaba. Es curioso lo de Bene, si fuera igual de escrupulosa en la cama que con las monedas…

-¿Antonio? ¿Un tío bajito y de gafas?

-Que no tengo ni idea, Juanjo. Pasó la noche con Bene hace algunos días pero no sé más. El muy pringau le escribió un email para darle las gracias.

Juanjo se mantuvo pensativo durante unos segundos con el ceño fruncido y mientras dejaba caer la mirada. Alfredo que estaba observándole se impacientó.

-¿Por?

Juanjo arrancó con voz perezosa.

-No lo sé. El otro día cuando fuiste a recoger a tu hermano al aeropuerto vino un tío a la agencia. Bajito, con gafas e incluso diría que con acento sudamericano. No les hice mucho caso pero juraría que se llamaba Antonio.

CAPÍTULO 12+1. A PUPPY LE HA SALIDO UN COMPETIDOR

Todas las agencias vestirían sus mejores galas y, a falta de flashes y alfombra roja, el festival acudía a su 28 aniversario con un vestido largo, gris metalizado, que prometía dejar boquiabierto a más de un gurú. “El Nervión, torrente de creatividad”, “Don Draper se calza una boina” o “Amanece en El Bocho” eran los titulares más socorridos en la florida prensa local. Alfredo, preso de los nervios, apenas había cerrado los ojos y, acompañado de un café solo, repasaba los periódicos en la barra de aquel bar. Bene y Juanjo, por su parte, aguadaban resacosos en la recepción del hotel al que sería el invitado más escurridizo del festival.

– Gracias -dijo Juanjo-.

– Aquí tiene, Señor -dijo aquel botones Sacarino, a la vasca, con una jaula entre sus manos-. Ni Miau ha dicho el pobre gato.

– Es que lo tenemos bien enseñao –se despidió Bene-.

La primavera de 2012 trajo por fin noticias esperanzadoras para Misa de Doce.  Y lo hizo de improvisto. Como todos los días de lluvia, el tráfico de Madrid era imposible y Bene, histérica, devoraba sus uñas en medio de aquel atasco. Semanas después de su conversación con Juan en La Pestisa, el ‘día D’ había llegado. La decisión estaba tomada. Tan solo tenía que ejecutar el plan.

– Buenos días, Alfredo. Ha llegado una carta para ti -dijo con voz controlada al irrumpir en su despacho-. En el remitente pone A-E-A-C-P. Qué raro, ¿no?

– ¿En serio? -gritó Alfredo prescindiendo de toda cortesía-.

– Si, ¿por qué?

Alfredo despertó de su letargo emocional y se la arrebató de las manos, sabiendo que aquel era el golpe de suerte que necesitaba la agencia para dar el gran salto. Había pasado por esto otras veces y creía conocer el significado de aquella misteriosa misiva.

– El Sol, tonta, El Sol, que no te enteras…

Misa de Doce había sido nominada por la Asociación Española de Agencias de Comunicación Publicitaria.

– ¡Calla que leo! -dijo Alfredo sobresaltado-. “Estimado Señor. El jurado del festival… bla, bla, bla… bla, bla, bla… quiere reconocer el atrevimiento que ha exhibido Misa de Doce para sacar adelante la campaña denominada ‘Churchill’s’”, ¡¡¡guau!!!! Y quiere, por ello, invitarle a participar en la XVIII edición de El Sol que tendrá lugar a partir del 31 de mayo, por vez primera, en Bilbao”. ¡¡¡What – the – fuck!!! -concluyó exaltado-.

– No me lo puedo creer… -dijo Bene con un nudo gordiano en la garganta.

– Dice que nos han nominado en la categoría de “Medios no convencionales” y quieren que nos llevemos al Churchill.

– No me lo puedo creer… – repitió ella, todavía bajo los efectos de un Tranquimazin 50 miligramos que no terminaba de mitigar su ansiedad.

– Bene, ¡atiéndeme! Tenemos que encontrar a ese puto gato, ¿me oyes? Llama a la policía, a Sherlock Holmes o a quién quieras. Me la pela -dijo Alfredo con violencia, queriendo provocar la confesión de su compañera-. Pero nos vamos a Bilbao y no podemos ir sin Churchill (…). Parece que al perrito del Guggenheim le ha salido un competidor….

 

CAPÍTULO 11. EL CLUB DE LOS DOCE

– Estoy empezando a hartarme un poco de todo esto. Dijo Alfredo antes de apurar la copa de vino. Esta agencia se está yendo al garete y parece que a nadie le importa. Es increíble… yo es que flipo.

– Lo peor es que encima de saber que no haces lo correcto tratamos de vendérselo de igual forma a nuestros clientes. –Continuó mientras buscaba con la mirada la botella-. ¡¡¡Y los muy idiotas compran!!! No entiendo porque les dejan seguir reproduciéndose… así va el país como va.

– ¡Valiente tú! –le increpó Mario-. Esto lo dices ahora que acabas de volver de un rodaje mientras el resto nos quedábamos pringando. Primero te aprovechas y luego te quejas, tú sí que sabes…

– ¿Y qué iba a hacer? Seré un judas pero hay que comer, ¿no? Como si tuviésemos otra opción… Judas, no lo olvidéis, era parte de los discípulos de Jesucristo y aunque fuese la Yoko Ono de los Beatles hebreos, también fue el detonante que ayudó a crear la leyenda.

– Tío, deja los “viajecitos” al lavabo que no te sienta nada bien. Te pones a soltar una de gilipolleces sin sentido…

– Sí, sí, lo que tú digas Mario. Pero dime, ¿por qué seguimos viniendo a trabajar? Por lo desarrollados profesionalmente que nos sentimos no es, a menos que carezcas completamente de ética. ¿Por la pasta? Pfff… si cuentas las horas que metes no te sale a cuenta. De fama tampoco vamos a vivir, los libros los acaban escribiendo los ogilvys, segarras y solanas.

– Entones ¿por qué sigues volviendo?

En la conversación solo participaban Mario y Alfredo pero toda la mesa seguía atenta, de hecho, ya habían llamado la atención de algunas de las orejas que los rodeaban.

Aunque considerarlo una conversación es mucho considerar, simplemente jugaba con Mario mientras representaba su monologo. Alfredo siempre hacía lo que quería, su pico de oro le había hecho ser un copy excelente pero podía haber sido cuentas porque se hacía con los clientes con la misma facilidad que conseguía embaucar a las mujeres, aunque nunca conseguía mantener demasiado tiempo a ninguno de los dos.

– Por fe, mi querido Watson. Le contestó convencido Alfredo. Todo el mundo veía que lo estaba retando para poder seguir con su discurso independientemente de lo que dijese. Hasta el propio Mario, pero no lo pudo evitar.

– Pero que dices, si tú al único dios que rezas está al otro lado del espejo en el que te miras…

Y Mario sonriendo vio luz verde, ya tenía la atención de todos y estaba disfrutando.

– La fe es lo más parecido a un trabajo bien hecho que vas a encontrarte en tu vida. Es lo que hace que una marca este realmente unida a su público, que digo unida, la palabra exacta es integrada.

– Fíjate lo que consiguió “El Club de los Doce”. Si no es eso una campaña de comunicación ya me dirás. Pero ellos creían en lo que hacían, y se olvidaban de tonterías. –Seguía diciendo- ¡Joder! Es que si hubiesen hecho un pretest olvídate del resto de la historia… y mira si obtuvieron resultados!!

– Sí, -le interrumpió Mario- pero al final todos acabaron muertos o perseguidos. Alentador si estás buscando un modelo a seguir.

– Vale, pero piensa lo brutal que fue su filosofía de trabajo que de lo que algunos hubiesen considerado el final de su curro ellos lo convirtieron en el mejor logo de la historia. –y Alfredo continuó como extasiado-. Hoy en día, perder un cliente así hubiese supuesto cerrar la agencia. Porque hoy en día no hay fe. Y es normal, porque trabajamos muy lejos de nuestros clientes. De hecho es muy significativo que digamos que trabajamos “para” nuestros clientes, en vez de decir que trabajamos “con” ellos.

En ese momento Alfredo se descubrió hablando de pie para toda la sala. Y Mario aprovecho ese momento de debilidad para ponerle la zancadilla que le costaría el puesto, aunque ninguno en ese momento lo supiese.

– ¿Y qué piensas hacer? ¿Crucificarte?

Y otra vez el subconsciente le traicionó, su mente estaba conectada a su lengua y no era la primera vez que le metía en problemas. A veces dudaba si decía las cosas o solo las pensaba, pero esta vez estaba seguro de que lo había dicho en voz alta.

Largarse y montarse su propia agencia, cómo había podido pensar que era una buena idea o mejor aún, como había podido decirlo delante de toda la agencia. ¿Quién se iba a ir con él? Por si con la primera no se le había ido la pinza lo suficiente lo tuvo que rematar. Ahora sí que no tenía opción de desdecirse, la había cagado por completo.

Y una voz tímida lo sacó de su ensimismamiento.

– Pues yo me voy contigo.

La miró a los ojos y sintió pena por ella. Ahora después de tanto tiempo, la miraba y seguía sintiendo pena por ella, no entendía porque lo había seguido aquel día, ni porque no se había ido todavía.

Si lo pensaba bien, no había cambiado nada desde aquel día. Un colocón de idealismo seguido de una gran resaca de realismo con achaques de pragmatismo.

La volvió a mirar y pensando en todo lo que había pasado desde entonces le dijo:

– Bene, somos gilipollas.

– Sí, pero tú además eres subnormal.

Capítulo 10. La Petisa

“Dos treinta y cinco, dos cuarenta y cinco y…a ver porque creo que llevo por aquí una de cinco céntimos…sí, aquí está, te pillé. Aquí tiene, caballero, dos cincuenta”.

Bene pagó el vodka-naranja y se dispuso a sentarse en una de las pocas sillas vacías que quedaban enLa Petisa.  Losdomingos siempre había más gente de lo habitual. Alzó la vista y al ver su imagen en el aparatoso espejo que inundaba la pared no pudo evitar hacerse una pregunta: “¿estoy haciendo lo correcto?”

Tras pegar un breve sorbo al combinado a través de la pajita que desde hacía un par de días le acompañaba allá donde fuera, recordó la última vez que había disfrutado de aquel sabor. ¡Cómo olvidar aquella noche en el María Cristina!

Bene sintió la necesidad de dar un nuevo sorbo, pero en esta ocasión cerró los ojos. Como si de un acto reflejo se tratara, sintió levantarse uno tras otro todos los pelos de su brazo y ahí lo vio. Después de tantas y tantas horas contemplándolo a través de aquel cristal sucio de la antigua oficina, por fin pudo verlo tal y como había soñado en multitud de ocasiones desde que lo conoció hacía más de cinco años: desnudo.

Ahora sabía que probablemente para Alfredo, lo que ocurrió esa noche, no fue sino el resultado de mezclar ocho o diez birras con un par de cubatas, pero para ella todo aquello había significado mucho. Más que mucho. Llevaba años queriéndolo en silencio, esforzarse por resultar alguien interesante para él. Incluso fingiendo interés por montar un negocio propio en el que Alfredo estaba empeñado, a pesar de que ella se conformaba con aquel trabajo. Cualquier cosa para estar a su lado y esa noche, más que nunca, por fin estaba a su lado.

Inspirada en aquella noche, y con la esperanza de conseguir algo más, Bene no dudó en acompañar a Alfredo en su aventura en Misa de doce. Pensó que sería una buena oportunidad para pasar más tiempo juntos y para conocerse aún mejor. Lo que no se había planteado era que conocer mejor a Alfredo podría romperle a ella el corazón.

Bene aspiró con fuerza a través de la pajita hasta que no quedó ni una gota de bebida en el vaso. Volvió a levantar su mirada, esta vez con rabia, y contemplándose de nuevo en el espejo se preguntó: ¿por qué ella?

Desde que se embarcaron en la idea de Misa de doce Alfredo había ido enviando a Bene decenas de señales que le indicaban que la noche del María Cristina sólo había sido un calentón, pero ella no perdía la esperanza. Había desarrollado una habilidad especial para restarle importancia al hecho de que Alfredo se liara cada sábado con una o con otra. “Son sólo rollos sin importancia”, se repetía.

Pero lo que había contemplado hacía apenas 24 horas había hecho saltar por los aires todo eso. “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”, se repetía mientras se ensañaba con la pajita contra la rodaja de naranja. “Con ese pelo. Con esa boca. Con esos ojos. Con esas manos. Con esos pies. ¡Con esas tetas, joder!”

La mañana anterior Bene había pillado a Alfredo con otra mujer dándose el lote por la calle y por más que se lo preguntaba no acertaba a comprender por qué con ella no quería nada y sí con la otra. Al fin y al cabo ambas eran hermanas gemelas.

Justo en ese momento sintió una mano en su hombro.

“Hola Bene, soy Juan, de Bukkake. Perdona que vayamos al grano pero es que tengo un poco de prisa. Mira, este es el plan.”

Capítulo 8. La madre de Homer Simpson

Aunque el metro no estaba abarrotado, no había un solo palmo que no estuviera ocupado por personas amarillas de ojos saltones y cuatro dedos en cada mano. Alfredo las imaginaba para resolver la incógnita que desde la parada de Tetuán pinchaba su cabeza: ¿Cómo coño se llamaba la madre de Homer Simpson? La ama de casa hippie, activista y al margen de la ley por destruir los experimentos biológicos del señor Burns. De Valdeacederas a Tetuñan, su vagón había estado habitado por calvos a lo Bruce Willis y graffitis de la organización terrorista del Ejercito de los Doce Monos. Pero esta vez, la respuesta comenzaba a ser lenta y pesada. Cerró los ojos y se acarició la frente, esforzándose por evocar suficientes imágenes para completarla.
La mente se llenó con sus propias sombras: Misa de doce. ¿Por qué la había creado? Quizá la única motivación era volver a ser amado, a congraciarse con la profesión, con los hombres y mujeres de clase media, media alta que viven en núcleos urbanos de más de cincuenta mil habitantes o hacer las paces con la vieja pasión: aunque al final parecía que la razón se había cansado de él y su talento. Desde la llegada de la crisis y la decisión de embarcarse con Bene en la agencia de comunicación sincera los días habían transcurrido lentos y pegajosos, calcados los unos a los otros en un revoltijo sin color y lo único que ya quedaba en su memoria era la escocedura de la pérdida de su integridad. Se daba cuenta que su vida era una copia de otra aún por descubrir.
Misa de doce estaba manchada por el pecado original del plagio, del homenaje. En el hotel María Cristina, la noche con Bene, un gurú de la creatividad calvo y mirada pueril había comparada y exaltado a la Iglesia con una agencia de publicidad: un logo en forma de Cruz, Dios como director creativo ejecutivo y demás similitudes forzadas pero reveladoras para centenares de orejas deformadas por patillas de gafas de pasta. Apenas recordaba nada de aquellos días: eran una nube gris en su pasado. ¿Por qué tanto derroche de vida con la gente de la profesión? Con todas esas personas que ni siquiera saben que están vivos. ¿Por qué creyeron que podían hacer buenas todas esas horas de trabajo que otros malgastan? No era racional, no era justo ni económico y no se habían dado cuenta hasta que la broma de Juanjo con Churchill y misadedoce.com dinamitaron el concepto que él quiso imponer a los otros: un destino que había creado movido por el altruismo del idealismo profesional.

–Debimos dejar en manos de ellos –propuso en susurros– la decisión de cómo podría ser Misa de doce. Puede que éste sea uno de esos casos en que tienes que dar un paso atrás y observar las cosas con perspectiva y entender que llegar a tener tu propia vida es en sí mismo lo que convierte el mundo en un lugar mejor.

–Próxima estación, Iglesia– dijo el vagón de las madres de Homer.

No tenía ni idea de lo que le ocurría. Siempre había sido muy listo, muy rápido para aprovechar las oportunidades y sacarles partido, pero ahora se sentía lento, falto de sincronización, incapaz de seguir la corriente. El mundo lo estaba dejando atrás, y lo más extraño era que le daba igual. Ya no tenía ambiciones. No estaba resuelto a triunfar ni buscaba estímulos. Sólo quería que le dejasen en paz, ir tirando lo mejor que podía y dejar que el mundo lo llevara y esa sensación lo purificaba, lo hacía sentirse íntegro, buena persona, puro.

–Buenos días, Bene.
–Buenos días, Alfredo.
–Bonita mañana.
–¡Qué mierda te pasa!– gritó Bene en medio de un caos de papeles y muebles fuera de su lugar–. No tiene de bonitos nada. Todo sigue igual desde ayer, nadie sabe nada. La policía pasa del asunto. No hay clientes, no hay Churchill, no hay nada, nada, nada.
–Tenemos una agencia.
–Una agencia –dijo Bene mirándole a los ojos–. Una máquina para matar las horas, para que el futuro llegue cuanto antes. Eso es lo que tenemos. Un lugar que parecía el comienzo de una vida mejor y ahora es lo que es, una pared con una enorme palabra que no sé qué significa.
–Describe lo que hiciste aquella noche en el hotel María Cristina de San Sebastián –. Sentenció Alfredo y de repente sintió que su pene comenzaba a crecer. Se dio la vuelta y se dirigió al baño. Eyaculó y cuando la integridad resbalaba por el lavabo de diseño entendió que la cara de Bene a su última frase no era de vergüenza, suciedad o asco. Su rostro dibujaba culpabilidad. La culpabilidad que siempre acompañó a Mona Simpson por abandonar a su hijo.

–Ella tiene a los jodidos gatos– declaró Alfredo mientras volvía a guardar su yo en unos calzoncillos de 60 euros.

Capítulo 6. Cómo conocí a vuestro gato

Era viernes. La semana había sido muy estresante. La puesta en marcha de la agencia estaba costando más de lo previsto y sólo quedaba un mes para que arrancara “Misa de Doce”. Pero ya había acabado, era viernes.

A unos doscientos metros de la oficina, en una pequeña  y tranquila placita, tan tranquila que sólo faltan estepicursores rodando, está el “Bar Casa Andoni desde 1917” –así lo pone en su fachada, todo seguido-. Es un lugar donde el tiempo está parado y cuyo único atisbo de modernidad es su televisor LED de cincuenta pulgadas. El local cumple todos los requisitos para incluirlo en el ámbito de lo “castizo”. Camareros de áspera personalidad que rondan la edad de jubilación uniformados con pantalones negros de pinzas,  chalecos verdes esmeralda con un ligero brillo, camisas blancas de manga corta con cuellos amarillentos y una pajarita negra que pone la guinda al atuendo. Las paredes están adornadas con una cantidad ingente de carteles de corridas de toros que impiden ver el alicatado de las mismas. Todo ello presidido por una obra de taxidermia con una cornamenta considerable y una mirada perdida que apunta directamente a la entrada del establecimiento. Y por supuesto, huele a “fritanga” que mata. El actual regente del negocio es Andoni, y es el nieto del fundador, que curiosamente también se llamaba Andoni, al igual que su hijo y padre del primer Andoni que he mencionado. Son una familia de origen vasco que se mudó a Madrid a comienzos del siglo pasado para buscarse las habichuelas y ahí siguen, camino de contar con un local centenario.

Juanjo y Alfredo estaban afuera, en la terraza, evitando ese vetusto ambiente y aprovechando los últimos coletazos de buen tiempo mientras degustaban una tortilla que desde hace siete días conformaba su dieta.

Está brutal, tío… Me podría alimentar sólo con esto. – Afirmó Alfredo mientras se llevaba un jugoso y amarillento trozo de tortilla a la boca seguido de un pedazo de pan-.

-Ghgmghghgmmmm… -balbuceó Juanjo con la boca llena mientras afirmaba con la cabeza-.

Los dos estaban disfrutando del primer momento de calma de toda la semana. El arranque de “Misa de Doce” había sido demoledor, pero en ese instante ya nada parecía importarles. Estaban totalmente abducidos por esa mezcla de huevo, patata y cebolla. En un momento dado, interrumpiendo la degustación, Juanjo empezó a sentir cómo algo le rozaba la Converse de su pie derecho. Miró con sigilo hacia abajo, observó lo que era, a continuación subió su mirada y le hizo una señal con los ojos a Alfredo para que viese lo que tenían justo debajo de la mesa. Ahí estaba, junto a un paquete vacío de Winston como si de una imagen comparativa de tamaños se tratase, un escuchimizado y blondo gatito de apenas unas semanas de vida.

-Shhhhhhhh… No hagas ruido – murmulló Juanjo llevándose el dedo índice de su mano derecha a la boca-.

Alfredo ni respiraba, hasta humedeció el pan en su paladar antes de tragar para evitar que crujiera.

Zaaaaaaasssssss!!! ¡Eres mío! – Gritó exhultante Juanjo agarrando al minino por el pescuezo-.

 -Míralo, Fredi! Ha cogido el paquete de tabaco con las patitas y no lo suelta. – comentó soltando una carcajada-.

-¡Deja en paz al animal, anda! Pobre bicho. -exclamó Alfredo resignado-

-Ni de coña, tío. Este se viene para la agencia. Ya tengo hasta nombre pensado para él…

¿Cómo? ¿Andoni en honor al lugar donde le diste caza?

-¿Qué tiene agarrado? – preguntó Juanjo con signos de obviedad-.

-¿No me jodas que le vas a llamar Winston?

Winston, Winston Churchill, tú lo has dicho.