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CAPÍTULO 12. EL PLAN

“Hostia Santi, deja de grabar, que el maldito animal nos va a coger cariño y la puta despedida va a ser más dura, venga, ¡vámonos¡” Retumbaba en el televisor de Bene las palabrotas de Frank de la Jungla.

Vaya tipo tan descarado e insensible, se decía para sus adentros, no sin mientras pensar en qué sería de la vida del pobre Churchill, y sobre todo, si estaba haciendo lo correcto. No era más que un gato, se decía muy a menudo para rebajar su escala de culpabilidad por el fracaso del único proyecto exitoso de Misa de doce.

“Club Enfrente, Calle Infantas, 14. Sábado 1AM” se leía en la tarjeta que Juan le había dado en el anterior encuentro. Su respiración se aceleraba mientras subía las últimas escaleras de Gran Vía. Llegaba tarde y la noche era desagradable, tal vez como los sentimientos que le recorrían de arriba abajo una vez más. Pero creía que esta vez era diferente. Esos sentimientos le estaban llevando a pensar y a hacer cosas que parecían dejarle fuera de control.

El Club era tan antro por fuera, como por dentro. Se preguntaba qué se le debía perder a la gente a la noche para acabar arrastrando sus cuerpos hasta aquel lugar, donde las luces fusionaban el ambiente con la mugre que emanaba en cualquier rincón. El hedor era una mezcla de sudor, humo de tabaco y culo. Probablemente ayudado por un sistema de ventilación más propio de una peluquería que de un Club, que seguramente ostentaba la licencia de apertura desde los tiempos de Tierno Galván.

Los primeros encuentros en Club Enfrente le provocaban un estado de ansiedad que le aceleraban el corazón, sintiendo de esta forma el juicio hacia la llamada entre lo moral y lo inmoral. Pero Bene ya no se sentía ansiosa, daba por hecho que Bukkake era la única opción para terminar su plan, y lo había calculado milimétricamente durante meses antes de contactar con la asociación.

Juan era un tipo de dudosa procedencia y honor. Medía cerca de dos metros y vestía con una chupa de polipiel negra que le llegaba casi hasta los pies. Su pelo era largo y brillante, su cara estaba alarmantemente llena de cicatrices, pero su animada cara le concedía un aspecto tranquilo. Su verborrea desenfrenada le acercaba más a promotor de champú por ETT que a un matón a sueldo. Era probable que el nombre Bukkake se le hubiera ocurrido a Juan, su aspecto lascivo era inquietante.

-Hola Bene, dijo Juan mientras se incorporaba para darle dos besos en las mejillas.

Bene contestó un escueto hola, pero hubiera deseado no decir nada.

Mientras, se dirigieron al fondo del local para encontrar asiento en un apartado rincón, para hablar del plan sin que nadie pudiera entrometerse en sus asuntos.

– ¿Tomaras algo Bene? ¿Lo mismo de siempre?

– Sí, un gintonic, con mucho hielo y con limón.

– Marchando, y Juan desapareció entre las cortinillas de lentejuelas color azabache.

Bene esperaba mirando fijamente el reloj apostado al fondo del club encima de la zona de los apartados. Ni tan siquiera prestaba atención a la música o a la gente que pasaba a través de las cortinas. Juan le quebró la concentración mientras se acercaba con las copas.

– Verás, creo que es el momento de pasar a la segunda fase… y se hizo el silencio mientras aún buscaba la mejor postura sobre el asiento enfrentado al de Bene.

– El gato está bien, pero ya es hora de reunirlo con su dueño – dijo Juan.

Bene carraspeaba a la par que avanzaba su copa a pequeños sorbos.  No se sentía preparada para avanzar con el plan, pero estaba decidida.

– Bene, ¿estás segura de lo que quieres hacer?

– No estoy segura, pero es el plan, y tenemos que acabarlo.

– De acuerdo Bene, hemos estado observándole, y sabemos dónde se mueve y cómo lo vamos a hacer. Por última vez… ¿estás…? – dijo Juan con la voz entrecortada.

– ¡Cállate!, no necesito preguntas existenciales, necesito acabar con él o sin él.

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CAPÍTULO 11. EL CLUB DE LOS DOCE

– Estoy empezando a hartarme un poco de todo esto. Dijo Alfredo antes de apurar la copa de vino. Esta agencia se está yendo al garete y parece que a nadie le importa. Es increíble… yo es que flipo.

– Lo peor es que encima de saber que no haces lo correcto tratamos de vendérselo de igual forma a nuestros clientes. –Continuó mientras buscaba con la mirada la botella-. ¡¡¡Y los muy idiotas compran!!! No entiendo porque les dejan seguir reproduciéndose… así va el país como va.

– ¡Valiente tú! –le increpó Mario-. Esto lo dices ahora que acabas de volver de un rodaje mientras el resto nos quedábamos pringando. Primero te aprovechas y luego te quejas, tú sí que sabes…

– ¿Y qué iba a hacer? Seré un judas pero hay que comer, ¿no? Como si tuviésemos otra opción… Judas, no lo olvidéis, era parte de los discípulos de Jesucristo y aunque fuese la Yoko Ono de los Beatles hebreos, también fue el detonante que ayudó a crear la leyenda.

– Tío, deja los “viajecitos” al lavabo que no te sienta nada bien. Te pones a soltar una de gilipolleces sin sentido…

– Sí, sí, lo que tú digas Mario. Pero dime, ¿por qué seguimos viniendo a trabajar? Por lo desarrollados profesionalmente que nos sentimos no es, a menos que carezcas completamente de ética. ¿Por la pasta? Pfff… si cuentas las horas que metes no te sale a cuenta. De fama tampoco vamos a vivir, los libros los acaban escribiendo los ogilvys, segarras y solanas.

– Entones ¿por qué sigues volviendo?

En la conversación solo participaban Mario y Alfredo pero toda la mesa seguía atenta, de hecho, ya habían llamado la atención de algunas de las orejas que los rodeaban.

Aunque considerarlo una conversación es mucho considerar, simplemente jugaba con Mario mientras representaba su monologo. Alfredo siempre hacía lo que quería, su pico de oro le había hecho ser un copy excelente pero podía haber sido cuentas porque se hacía con los clientes con la misma facilidad que conseguía embaucar a las mujeres, aunque nunca conseguía mantener demasiado tiempo a ninguno de los dos.

– Por fe, mi querido Watson. Le contestó convencido Alfredo. Todo el mundo veía que lo estaba retando para poder seguir con su discurso independientemente de lo que dijese. Hasta el propio Mario, pero no lo pudo evitar.

– Pero que dices, si tú al único dios que rezas está al otro lado del espejo en el que te miras…

Y Mario sonriendo vio luz verde, ya tenía la atención de todos y estaba disfrutando.

– La fe es lo más parecido a un trabajo bien hecho que vas a encontrarte en tu vida. Es lo que hace que una marca este realmente unida a su público, que digo unida, la palabra exacta es integrada.

– Fíjate lo que consiguió “El Club de los Doce”. Si no es eso una campaña de comunicación ya me dirás. Pero ellos creían en lo que hacían, y se olvidaban de tonterías. –Seguía diciendo- ¡Joder! Es que si hubiesen hecho un pretest olvídate del resto de la historia… y mira si obtuvieron resultados!!

– Sí, -le interrumpió Mario- pero al final todos acabaron muertos o perseguidos. Alentador si estás buscando un modelo a seguir.

– Vale, pero piensa lo brutal que fue su filosofía de trabajo que de lo que algunos hubiesen considerado el final de su curro ellos lo convirtieron en el mejor logo de la historia. –y Alfredo continuó como extasiado-. Hoy en día, perder un cliente así hubiese supuesto cerrar la agencia. Porque hoy en día no hay fe. Y es normal, porque trabajamos muy lejos de nuestros clientes. De hecho es muy significativo que digamos que trabajamos “para” nuestros clientes, en vez de decir que trabajamos “con” ellos.

En ese momento Alfredo se descubrió hablando de pie para toda la sala. Y Mario aprovecho ese momento de debilidad para ponerle la zancadilla que le costaría el puesto, aunque ninguno en ese momento lo supiese.

– ¿Y qué piensas hacer? ¿Crucificarte?

Y otra vez el subconsciente le traicionó, su mente estaba conectada a su lengua y no era la primera vez que le metía en problemas. A veces dudaba si decía las cosas o solo las pensaba, pero esta vez estaba seguro de que lo había dicho en voz alta.

Largarse y montarse su propia agencia, cómo había podido pensar que era una buena idea o mejor aún, como había podido decirlo delante de toda la agencia. ¿Quién se iba a ir con él? Por si con la primera no se le había ido la pinza lo suficiente lo tuvo que rematar. Ahora sí que no tenía opción de desdecirse, la había cagado por completo.

Y una voz tímida lo sacó de su ensimismamiento.

– Pues yo me voy contigo.

La miró a los ojos y sintió pena por ella. Ahora después de tanto tiempo, la miraba y seguía sintiendo pena por ella, no entendía porque lo había seguido aquel día, ni porque no se había ido todavía.

Si lo pensaba bien, no había cambiado nada desde aquel día. Un colocón de idealismo seguido de una gran resaca de realismo con achaques de pragmatismo.

La volvió a mirar y pensando en todo lo que había pasado desde entonces le dijo:

– Bene, somos gilipollas.

– Sí, pero tú además eres subnormal.

Capítulo 9. A traición

Cuando salió del baño, Bene ya no estaba allí. Es probable, casi seguro, que sepa lo
que acabo de hacer –pensó Alfredo. Que la follen. Y se dirigió a su despacho con una
inesperada sensación de ligereza en sus pantalones y en su cabeza. Desde la sorpresa del
travestido no había conseguido desahogarse de esa manera.

En su despacho todo seguía igual. La de la limpieza, por miedo a los reproches de Bene,
no había querido arriesgarse a meter algo donde no debía y se había limitado a dejar
todos los papeles amontonados encima del escritorio, un cristal sobre dos caballetes
por el que habían renunciado a tener un becario. Alfredo cogió todos los papeles con
las dos manos y sin mirarlos los tiró a la basura. Luego metió el pie en la papelera para
aplastarlos y dejar sitio al resto.

Con pocas ganas de nada encendió su nuevo MacBook Air de trece pulgadas, hacía pocas
semanas que su hermano se lo había traído de Nueva York. Era raro que siguiera ahí.

Qué pasada de cacharro –dijo en voz alta. A los pocos segundos ya había entrado en su correo.

¡¿Ciento sesenta mails en mi bandeja de entrada?! –dijo alzando la voz. Privalia, Telva,
Mujer Hoy… definitivamente este no es mi correo. En la esquina superior derecha
encontró la confirmación: bene@misadedoce.com. ¡Qué hija de puta! –musitó– ¿por qué no
utilizará su propio ordenador? Pero algo prendió en ese momento en su cerebro que hizo
brotar media sonrisa en su rostro.

Después de quince minutos haciendo scroll Alfredo sólo podía confirmar que Bene era
una tía pereza. Lo único que merecía la pena entre las suscripciones a revistas femeninas
y las recetas de cocina era el mail de un tal Antonio que le decía lo bien que se lo había
pasado el día anterior. Ella le contestaba dándole las gracias y diciéndole que para ella
también había sido una noche muy especial.

Así que Bene se ve con alguien y no es Felipe. Eso está bien –afirmó. Aunque sea otro capullo.

Pero no era suficiente, Alfredo había encontrado una motivación y no pensaba soltarla con tan poco. No fue hasta la sexta página cuando encontró algo que por fin sació su curiosidad, aunque esta vez no tenía, en absoluto, un sabor agradable.

Podía haber pasado desapercibido, pero el remitente del mail llamó su atención:
Asociación Bukakke para la Defensa de los Animales. La incertidumbre le llevó a hacer clic sobre él sin pensar.

De pronto un fuerte sonido de cristal roto atravesó todas las salas de la agencia.

Juanjo se asomó por la puerta de su despacho para ver qué pasaba.

– ¿Jelouuu? –saludó un poco desconcertado.

– ¡Juanjo! Ven. Pasa. Cierra la puerta. Los ojos de Alfredo temblaban. La palma de su
mano seguía aplastada contra el cristal de su mesa.

– ¿Qué pasa tío? ¿Va todo bien? Vaya jodido lío por culpa de los gatos, ¿no? Con el curro
que tengo.

– Escucha Juanjo. Hay algo más grave –mencionó Alfredo con la voz rota. La puta loca
de las monedas ha vuelto a engañarnos.

Capítulo 7. El derby

Winston Churchill, menudo gilipollas –pensó Alfredo–. Juanjo se debe de creer un elegido por encontrarse un gato al lado de un paquete de tabaco. El tío es tan ignorante que no se da cuenta de que ha montado un Gran Hermano gatuno con un bicho que se llama igual que el protagonista de 1984. Bueno, y al otro le ha puesto el nombre de uno de los mayores carcas del último siglo, no sé qué es peor.

Y es que, por mucho éxito que tuviera el gato, Alfredo no podía soportar que el sueño de su vida se hubiera convertido en una plataforma para que las mascotas de unos ricachones hicieran el Ronaldinho.

-Me cago en el rabo de Natalia –murmuró–. Bueno, da igual. No voy a permitir que Juanjo me amargue la existencia.

-¡Ring, ring, ring!

-A ver si cambio el tono de llamada. Doscientos euros de cacharro y cuando voy a visitar a mi abuela, no sé a quién le llaman.

Alfredo miró el móvil antes de descolgar.

-Joder, otra vez Juanjo. ¿Le parece que nos vemos poco entre semana?

-¿Sí?

-¿Qué pasa Freddie? Tengo una noticia cojonuda: me acaba de llamar Bene para decirme que este fin de semana su cuñado tiene una reunión de trabajo en Alemania.

-¿Y? Me cae de puta pena, pero me conformo con no cruzarme con él. No me alegra especialmente que esté a 2.000 kilómetros de aquí.

-Noooo, animal. ¿No te acuerdas de que Mario es socio del Madrid?

-Sí, el cabrón es pepero, meapilas y del Madrid: la Santísima Trinidad de los gilipollas.

Jajajaja, relájate campeón. Lo que Bene quería decirme es que gracias a la generosidad cristiana de su cuñado, este año vamos a poder ver el derby en la tribuna del Bernabéu. ¡Mañana ganamos sí o sí!

-Paso. Con lo malos que somos no tenemos nada que hacer. Y, aunque hagamos el partido de nuestra vida, seguro que el árbitro nos pita un penalti o nos expulsa a alguien. Nunca falla. Además, este fin de semana me voy a la Sierra. Estoy un poco estresado por el trabajo de estos días, necesito desconectar.

-Joder, qué pena. Esta temporada tengo un presentimiento. Bueno, a lo mejor puedo ir con Antonio… ¿tienes su número por ahí? Jajajaja.

-Que te follen. Nos vemos el lunes. Si quieres quedamos en el bar de Andoni para tomar un pincho antes de currar.

-Ok. Pásatelo bien pajeándote con Mokowski.

-Bukowski, Juanjo, Charles Bukowski. Mokowski es lo que te pillas tú cuando sales con tus amigos farloperos.

-Lo que tú digas. Nos vemos el lunes a las nueve y veinte.

Casa Andoni, 9:39 a.m. del lunes.

A Juanjo se le pasó el fin de semana volando. Seguramente porque le ayudó la botella de Jack Daniel´s que se trincó para olvidar el partido.

Por fin apareció Alfredo.

-¿Qué pasa tío? ¡Cada día llegas más tarde! Normalmente leo el Marca mientras vienes, pero la verdad, hoy no tenía muchas ganas. ¡Qué cabrón el árbitro!

-Te lo dije.

-Por cierto, ¿qué tal en la Sierra?

-Ehhhh… bien. Ya sabes, tranquilo. No he hecho nada especial salvo leer y ver algunos capítulos de Los Soprano.

Ring, ring, ring.

-Es Bene. Qué raro… ¿sí?

Bene no podía dejar de llorar.

-¡Subid aquí! ¡Rápido!

-¿Qué pasa? ¿Estás bien?

-¡Subid!

-Vámonos a toda hostia, no sé qué cojones le pasa a Bene.

Cuando llegaron a la agencia, sus facciones se congelaron. La puerta estaba forzada y el suelo lleno de folios, teclados y pantallas de ordenador. Bene lloraba desconsolada en una esquina.

-Bene, ¿estás bien? ¿Nos han robado?

-No, no se han llevado nada. Bueno sí, los gatos no están. -A Bene le seguían cayendo los lagrimones-.  Y han hecho esa pintada de ahí:

Juanjo y Alfredo miraron a la pared y vieron una gran palabra pintada con spray rojo: “Bukkake”.

Capítulo 5. Networking

Alfredo no se lo podía creer. Pero allí estaban. Juanjo y Churchill rodeados de empresarios madrileños y sus mascotas.

Bene se las ingeniaba para cuadrar la agenda de la semana dentro de sus cien reuniones como directora de cuentas y de entrevistas para la prensa.

– ¿Podríamos vender? – preguntaba Alfredo con el fin de sacarle negocio a este “sarao”.
– Tengo una reunión pendiente… aquel spot de gatos en España… no sé si funcionaría.
– No podemos dejar que a Juanjo se le suba la fama a la cabeza. Misa de Doce debería capitalizar la idea
– Quizá debiéramos articularla nosotros y sumar poco a poco a nuevos anunciantes -intentaba idear Bene- ¿podría ser un servicio a nuestros clientes? Por empezar por algún lado…

En medio de la gran apuesta de Bene y Alfredo por crear su nueva agencia de publicidad, se les cruzaba otro posible negocio. Esto no entraba en sus planes.

– Misa de Doce, dígame.
– ¿Antena3? ¿Una entrevista sobre el nuevo concepto de networking? Sí, un momento, por favor.
– ¡Juanjo! Llaman de Antena3 ¿te paso?
– ¡No! – respondió Bene- yo contesto.

Y allí estaban. Bene y la reportera hablando sobre gatos.

– ¿En qué consiste la hora de Churchill?
– La hora de Churchill es un nuevo evento de relación entre dueños de gatos que viven en Madrid y quieren que sus mascotas puedan encontrar “su media naranja”. Los animales están supervisados por profesionales veterinarios y, mientras, los dueños pueden conocerse, disfrutar de un buen rato y hacer networking.
– ¿Cómo se les ocurrió la idea?
– En Internet ya existían redes similares, pero sin presencia física. En Misa de Doce queríamos acercar la vida off de una de estas mascotas y abrimos un espacio al estilo Gran Hermano en la web. En seguida comenzaron a subir las visitas y algunos dueños, sobre todo empresarios, entraron en contacto con nosotros porque querían que sus mascotas “jugaran” con Churchill.

“No me lo puedo creer” se decía para sí Alfredo, mientras Juanjo sonreía desde su mesa. “Esta sociedad está loca”. “¿Cómo alguien puede pagar por esto?”

– Ya te decía yo que Churchill tenía que estar en Misa de Doce -apuntillaba Alfredo- ¡este gato va a ser la nueva estrella publicitaria!

Mientras Rocío se asomaba por la puerta de la agencia con sus niños

– Bien, bien, ¡es Churchill! ¿Puedo tocar?

Capítulo 4. El teléfono.

Con tan solo cinco horas de sueño, después de una larga noche de presupuestos y facturas, el despertador volvía a sonar. Ducha fría porque el calentador se ha estropeado de nuevo, hora punta en Gregorio Marañón y un loco que casi la atropella en el paso de cebra delante de la agencia.

La mañana había empezado con fuerza para Bene. Seguía teniendo una pila de papeles por hacer y desde hacía dos horas el teléfono no paraba de sonar.

– Misa de doce, buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?
Por supuesto, ahora mismo le paso con nuestra Directora de cuentas.

Bene pulsó la tecla de llamada en espera, carraspeó y se puso erguida (todo lo que le dejaba su silla “Jules” de IKEA, recién nombrada la “mata-espaldas”).

– Vamos a allá. (clic)
¿Si? Hola Ricardo, ¿como va todo? ¿qué tal va ese Hierro 3? ¿Muchos hoyos en uno?
Ya sabes que me encantaría pero esta semana la tengo llena.
Claro, prometo hacerte un hueco la semana que viene.
Si si, no te preocupes va todo sobre ruedas. Ya tenemos al equipo creativo trabajando en ello, y ya sabes que cuando Alfredo lo ve, es un éxito seguro.
De acuerdo Ricardo, te avisaré personalmente.
Si si, no me olvido, buscaré un hueco la semana que viene.
Vale Ricardo, nos vemos. Ciao.
¡Uf! ¡No puedo con este hombre!

Suena el teléfono.

– Misa de doce, buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?
Ahora mismo le paso. Juanjo es para tí, son los informáticos, te paso.

Suena el teléfono.

– Misa de doce, buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?
Rocío, (suspiro) no puedes estar llamándome cada dos por tres, tengo muchísimo trabajo…
A ver, dime…
Bueno no se si Alfredo querrá, estamos muy liados…
Vale, vale, se lo diré. Un beso hermanita.

Bene se levantó por primera vez en tres horas de su silla, y caminó los seis metros que separaban su mesa de lo que Alfredo llamaba su “espacio creativo”.

– Alfredo, ha llamado mi hermana, dice que Mario nos ha conseguido invitaciones para una “business party” privada que dan los de Hendricks en el Florida Park del Retiro. Es para el viernes.

– ¡Tu cuñado es imbecil! –espetó Alfredo.– Qué se cree, que por invitarnos a fiestecitas se va a sentir mejor. Ni crisis ni nada, nos echaron por su culpa, y punto. Que se meta sus invitaciones por donde le quepan.

– Bendita la noche en que convencí a Rocío de que me acompañara a la fiesta de publicistas. –lamentó Bene.– En fin, dejando nuestras rabias a un lado, quizá deberíamos ir. Hendricks puede ser un gran cliente, y sabes que Felipe tiene muy buenos contactos dentro, podemos hablar con él y…

– ¿Qué tienes tú con Felipe?–interrumpió Alfredo.– Ultimamente solo hablas de él.

– Está claro que hoy no se puede hablar contigo. Tú y ese estúpido orgullo que te viene de serie. Haz lo que quieras, yo solo te digo que lo pienses.

De pronto un grito rompió la tensión que había en el ambiente.

– ¡Si, si, si! ¡Lo sabía! –gritó Juanjo desde el fondo de la oficina.–
No os lo vais a creer. ¡La hora de Churchill es un éxito!

Capítulo 3. La hora de Churchill.

11:57 a.m. La ojos de Juanjo se dirigieron, por enésima vez aquella mañana, hacia su reloj. Lo había mirado hacía menos de diez minutos, pero confiaba en que el tiempo avanzara más rápido, o en que los informáticos que llevaban la web de la agencia hicieran, por una vez, su trabajo. No iba a ser ese el momento, y él lo sabía. Esa mañana, su negatividad se podía vender a granel.

Tecleó www.misadedoce.com y clicó sobre la sección que él mismo había ideado y diseñado: Churchill’s, que era el motivo por el cual toda la agencia le había cogido tirria a él y, en gran parte, a Alfredo.

Todo empezó un viernes por la tarde, unos meses atrás. Alfredo, Juanjo y Bene llevaban todo el día solos en la oficina. Apenas habían recibido llamadas, y sólo la visita de un trajeado gestor de telecomunicaciones (o, mejor dicho, un comercial de Vodafone, al que ni siquiera habían llegado a abrirle la puerta) les había distraído. Y eso fue por la mañana.

Ya por la tarde, el virus del fin de semana se había apoderado totalmente de la agencia y el cachondeo estaba a flor de piel.

–          Echaremos luego unas birrillas, ¿o qué? –preguntó Alfredo.

–          Vale, aunque creo que hoy me voy a beber hasta el agua de los floreros… -contestó Juanjo. Y no mentía.

–          Voy, pero no contéis conmigo hasta las mil, que mañana tengo muchas cosas que hacer en casa –replicó Bene.

Aunque Alfredo y Bene eran los jefes, ya habían salido de juerga más de una, de dos, y de treinta veces. Aquella noche, sin embargo, marcaría un punto de inflexión. Sería la última vez en meses, y les serviría a todos para conocerse… mucho peor.

–          Si no su vai ya, sus vi a cerrá aquí mihmo – exclamó Ramón, el guarda de seguridad más raro de la historia: negro como el tizón, gordo, calvo (pero con greñas), de ascendencia guatemalteca y nacido en Albarracín, había ganado el Campeonato del Mundo de Lanzamiento de Piquetas cuando era joven (rondaba los 55) y, a pesar de que apenas se le entendía cuando hablaba, no importaba, ya que sólo sabía contar, una vez tras otra, la historia de cuando fue campeón. Era insoportable.

Como ya le conocían de sobra, los tres salieron pitando de allí.

Unas horas más tarde, se juntaron en su bar de siempre.

–          Churchill’s atraerá nuevos clientes y retendrá a los que ya tenemos. Será la bocanada de aire fresco y cercanía que necesitamos en Misa de doce, ya lo veréis -exclamó Juanjo con la lengua trabada por las cervezas.

–          Juanjo, olvídate de esa astracanada. Díselo tú Bene, que esta murga a mí ya me cansa –dijo Alfredo.

–          Estás como una cabra, Juanjo. La cerveza te sienta fatal –sentenció lapidaria Bene.

Sin embargo, no sólo a Juanjo le afectaba el alcohol. Aquella noche, Alfredo terminó liándose con la persona equivocada: un transexual –no operado- de pedigree que Juanjo conocía de anteriores salidas nocturnas. Alfredo, en cambio, no tenía la “suerte” de conocerle/la/lo. Juanjo no dudó en ocultarle a Alfredo la verdadera sexualidad de Natalia (anteriormente conocida como Antonio), confiando en que tardaría segundos en darse cuenta de que, en realidad, era un hombre.

Sin embargo, no lo hizo. El alcohol hizo su efecto, obnubiló la vista de Alfredo, que acabó cogiendo un taxi y marchando orgulloso, con su nuevo ligue, dispuesto a tomarse la última copa en casa.

El lunes siguiente, Juanjo llegó a la agencia henchido. La jaula de mano que llevaba, acompañada por una leve mueca de superioridad, hicieron que su entrada en la oficina fuera francamente grotesca.

Alfredo se levantó de la silla como si tuviera un resorte y persiguió a Juanjo hasta su despacho.

–          ¿Estás loco? ¡¿Has traído a Churchill?! ¡Y sin consultármelo! ¡No sabes lo harto que estoy de ese gato! Ya te lo puedes llevar, ¡que hoy no estoy para bromas! –gritó Alfredo.

Juanjo se giró lentamente y susurró con sarna: “¿Es que Natalia…no te dejó contento? ¿O debería decir…Antonio?”

La carcajada que prosiguió hizo que a Alfredo le cambiara la cara.

–          Como se lo digas a alguien…

–          No te preocupes –dijo Juanjo-. Nadie se enterará. Pero Churchill se queda, y quiero un hueco en mi despacho para él, la webcam y su sección en misadedoce.com.

–          ¿Realmente crees que a alguien le interesa ver a ese asqueroso gato en nuestra web? Vaya imagen vamos a dar… Estás chalado.

–          Puede. O puede que no. El tiempo y los clientes nos lo dirán. Es la hora de Churchill –sentenció Juanjo.

 

Capítulo 2. Otro desayuno.

-Se te van a poner blandos los Frosties Irene, haz el favor de terminar que vamos a llegar tarde al cole.
-Mamá, los Frosties son asquerosos, a mí sólo me gustan las Estrellitas.
-Hasta que no se terminen los cereales que le gustan a tu hermano no vamos a comprar los tuyos. A ver si aprendemos todos a ser un poco menos caprichosos. Y, ¿cuántas veces tengo que repetirte las cosas? no se dice que algo es asqueroso en la mesa. Pedro, ¿tienes la mochila de judo preparada? Hoy te recojo yo y te llevo directo al entrenamiento que Papá tiene que ir al médico por la tarde.
-Mamá, ¿dónde están mis zapatillas? ¿me las traes?
-Mamá, ¿me haces una coleta?
-Siempre tienes que hacerle las cosas a ella antes que a mí, Mamá. ¡Yo también soy tu hijo!

Rocío se despertaba cada mañana media hora antes que sus hijos porque sabía que en cuanto se levantaran todo giraría en torno a ellos. Se pegaba una ducha,  elegía la ropa que vestiría ese día y se pintaba los ojos acorde con su atuendo. Cuando consideraba que estaba lista para salir, invitaba a los niños a comenzar el día con un beso y un te quiero susurrado al oído. Su mayor preocupación desde que Pedro dejó de ser un bebé era encontrar el equilibrio entre el amor y la disciplina que debía inculcar a sus hijos.

-Vamos chicos, que como pillemos atasco en Alcalá volvemos a llegar tarde al cole –alzó la voz para que Pedro e Irene le oyesen desde el piso superior. Cogió los zumos y galletas para el almuerzo de sus niños y se los metió respectivamente en las mochilas cuando bajaban en el ascensor al garaje.

-Mamá, ¿por qué Papá tiene que ir a trabajar cuando no hay cole? –Irene estaba impaciente por retomar las excursiones por el Retiro con su padre y su hermano mayor. Siempre aprovechaban los sábados por la mañana para escaparse los tres con las bicicletas. Rocío adoraba esos ratitos que tenía para sí misma, sin hijos, sin marido, sin trabajo; pero, como la niña, lamentaba que su marido llevase dos fines de semana seguidos sin salir del trabajo.
– Cariño, papá tiene mucho trabajo pero nos ha prometido que va a esforzarse mucho mucho esta semana para, el sábado, llevaros otra vez al parque –le contestó Rocío mientras aparcaba frente al colegio.
-Y ¿cuándo es el sábado, Mamá? –le preguntó Irene. –Tienes que dormir 5 noches para que llegue el sábado –le contestó despidiéndose de sus hijos mientras se bajaban del coche.

Cuando Rocío vio a sus hijos entrar por la puerta del colegio cogió el teléfono y marcó el número de la agencia de su hermana gemela.
-Misa de doce, buenos días, ¿en qué le puedo ayudar? –contestó una voz cansada.
-Benedicta, no sabes el día que llevo y son sólo las 9 de la mañana.
-Rocío, me importa una mierda cómo te vaya el día mientras me llames Benedicta. Ya tengo bastante con los nuevos clientes. ¿Te lo he dicho? Trabajamos para la nueva campaña de recaudación de la Iglesia, en lo de la casilla de la declaración de la renta. No veas lo pesados que están con mi nombre los curas. Que qué afortunada soy, me dicen. Benedicta por aquí, Benedicta por allá. ¡Cómo para decirles que estoy en pleno trámite de cambio de nombre! ¡Ya sabía yo que Misa de doce no era un buen nombre para el negocio! No teníamos que haber…
-Pero, ¿de verdad vas a hacer lo del nombre? –le interrumpió -Bueno, eso son cosas tuyas. Yo te llamo para preguntarte si anoche viste el programa de Jesús Quintero, el de Los Colores de los Ratones o el…
-Ratones Coloraos –le cortó Bene –se llama Ratones Coloraos y sí, lo vi. ¿Lo dices por la entrevista a Punset, no? Por fin hay alguien que entiende que no es que seamos escrupulosas, lo que somos es precavidas.
-Sí, me encantó la parte en la que decía que la humanidad había ganado en esperanza de vida gracias a limpiarnos las manos.

Capítulo 1. El desayuno.

Dos euros con veinticinco céntimos. Así, en monedas. Desde hacía unos años, Bene procuraba pagar siempre con el dinero justo para no recibir monedas sucias, impregnadas de a saber qué virus o qué males. Alfredo seguía rebuscando en su bolsillo y tensaba la situación mientras la camarera esperaba su otro tanto.
-¿Tienes algo suelto? -le preguntó. -Tengo 3 euros, pero no tengo justo -se quejó Bene, que sabía perfectamente que conocía su debilidad-.

Tras una leve mueca de Alfredo, Bene pagó a regañadientes y dejó las vueltas en el platillo.

-No entiendo por qué haces eso -le espetó Alfredo al salir de la cafetería.
-Lo que no entiendo es por qué me haces pagarte el desayuno.
-Bueno, mañana pago yo. Pero hazte un favor. Quítate esa manía que tienes de desinfectar las monedas. ¡No pasa nada! Las monedas se tocan, como esa barandilla, la puerta o las llaves. Igual que mi pañuelo de mocos. Y todo sigue igual -le recriminó Alfredo mientras avanzaban hacia la oficina por una pequeña calle de un barrio céntrico de Madrid-.
-No. No creo que todo siga igual. Y, créeme, nos iría bastante mejor a todos si fuésemos más limpios y cuidadosos con lo que tocamos.
-Pues sí, y qué. Si de todos modos luego vas a tocar el pomo de la puerta. Cuando subas a la oficina, te lavas las manos y punto.
-Sí, eso ya lo hago. Pero una moneda no es lo mismo que un pomo. El pomo lo han podido tocar 20 personas, pero una moneda no. Cuántos pueden haber tocado las que he dejado en el platillo, ¿millones? Y de ésos, ¿cuántos pueden tener una herida en la mano o en cuántas meadas de perro se han podido bañar?
-Bueno, y qué pasa. Que yo sepa, los poros, por ahora, no absorben la suciedad. No te va a pasar nada.
-¿Tú sabes cuántos movimientos inconscientes podemos hacer hasta subir a la oficina y lavarnos las manos? Te descuidas y te sale un herpes, un orzuelo… o peor, una infección de orina. Mira, Felipe mismamente tiene hongos en las manos. ¿Qué me dices de eso?
-Eso no tiene nada que ver. ¿A saber dónde ha metido la mano ése?

Bene y Alfredo entraban en el portal de su oficina. Subieron al cuarto piso y nada más cruzar la puerta de la agencia, se pararon a observarla. Era el segundo día que trabajaban ahí y, lo más importante para ellos: por fin, aquel negocio era suyo.

Llevaban trabajando juntos más de seis años, y tres de ellos soñando con un negocio propio. Así que cuando la crisis se les echó encima (o al menos eso tuvieron que creerse de boca de los mandamases) vieron muy clara la oportunidad.

Observaban el letrero blanco esmaltado de Misa de doce. La agencia de comunicación sincera.

-Vamos, al tajo, que esto no se levanta solo. -interrumpió Alfredo. -Voy a repasar la nota de prensa y la envío a… ¿me pasas las direcciones? -Ahora mismo. -le contestó Bene.

Se sentaron frente al ordenador y esperaron a que se encendiera sin apartar la mirada de la pantalla.