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Capítulo 6. Cómo conocí a vuestro gato

Era viernes. La semana había sido muy estresante. La puesta en marcha de la agencia estaba costando más de lo previsto y sólo quedaba un mes para que arrancara “Misa de Doce”. Pero ya había acabado, era viernes.

A unos doscientos metros de la oficina, en una pequeña  y tranquila placita, tan tranquila que sólo faltan estepicursores rodando, está el “Bar Casa Andoni desde 1917” –así lo pone en su fachada, todo seguido-. Es un lugar donde el tiempo está parado y cuyo único atisbo de modernidad es su televisor LED de cincuenta pulgadas. El local cumple todos los requisitos para incluirlo en el ámbito de lo “castizo”. Camareros de áspera personalidad que rondan la edad de jubilación uniformados con pantalones negros de pinzas,  chalecos verdes esmeralda con un ligero brillo, camisas blancas de manga corta con cuellos amarillentos y una pajarita negra que pone la guinda al atuendo. Las paredes están adornadas con una cantidad ingente de carteles de corridas de toros que impiden ver el alicatado de las mismas. Todo ello presidido por una obra de taxidermia con una cornamenta considerable y una mirada perdida que apunta directamente a la entrada del establecimiento. Y por supuesto, huele a “fritanga” que mata. El actual regente del negocio es Andoni, y es el nieto del fundador, que curiosamente también se llamaba Andoni, al igual que su hijo y padre del primer Andoni que he mencionado. Son una familia de origen vasco que se mudó a Madrid a comienzos del siglo pasado para buscarse las habichuelas y ahí siguen, camino de contar con un local centenario.

Juanjo y Alfredo estaban afuera, en la terraza, evitando ese vetusto ambiente y aprovechando los últimos coletazos de buen tiempo mientras degustaban una tortilla que desde hace siete días conformaba su dieta.

Está brutal, tío… Me podría alimentar sólo con esto. – Afirmó Alfredo mientras se llevaba un jugoso y amarillento trozo de tortilla a la boca seguido de un pedazo de pan-.

-Ghgmghghgmmmm… -balbuceó Juanjo con la boca llena mientras afirmaba con la cabeza-.

Los dos estaban disfrutando del primer momento de calma de toda la semana. El arranque de “Misa de Doce” había sido demoledor, pero en ese instante ya nada parecía importarles. Estaban totalmente abducidos por esa mezcla de huevo, patata y cebolla. En un momento dado, interrumpiendo la degustación, Juanjo empezó a sentir cómo algo le rozaba la Converse de su pie derecho. Miró con sigilo hacia abajo, observó lo que era, a continuación subió su mirada y le hizo una señal con los ojos a Alfredo para que viese lo que tenían justo debajo de la mesa. Ahí estaba, junto a un paquete vacío de Winston como si de una imagen comparativa de tamaños se tratase, un escuchimizado y blondo gatito de apenas unas semanas de vida.

-Shhhhhhhh… No hagas ruido – murmulló Juanjo llevándose el dedo índice de su mano derecha a la boca-.

Alfredo ni respiraba, hasta humedeció el pan en su paladar antes de tragar para evitar que crujiera.

Zaaaaaaasssssss!!! ¡Eres mío! – Gritó exhultante Juanjo agarrando al minino por el pescuezo-.

 -Míralo, Fredi! Ha cogido el paquete de tabaco con las patitas y no lo suelta. – comentó soltando una carcajada-.

-¡Deja en paz al animal, anda! Pobre bicho. -exclamó Alfredo resignado-

-Ni de coña, tío. Este se viene para la agencia. Ya tengo hasta nombre pensado para él…

¿Cómo? ¿Andoni en honor al lugar donde le diste caza?

-¿Qué tiene agarrado? – preguntó Juanjo con signos de obviedad-.

-¿No me jodas que le vas a llamar Winston?

Winston, Winston Churchill, tú lo has dicho.

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