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CAPÍTULO 12. EL PLAN

“Hostia Santi, deja de grabar, que el maldito animal nos va a coger cariño y la puta despedida va a ser más dura, venga, ¡vámonos¡” Retumbaba en el televisor de Bene las palabrotas de Frank de la Jungla.

Vaya tipo tan descarado e insensible, se decía para sus adentros, no sin mientras pensar en qué sería de la vida del pobre Churchill, y sobre todo, si estaba haciendo lo correcto. No era más que un gato, se decía muy a menudo para rebajar su escala de culpabilidad por el fracaso del único proyecto exitoso de Misa de doce.

“Club Enfrente, Calle Infantas, 14. Sábado 1AM” se leía en la tarjeta que Juan le había dado en el anterior encuentro. Su respiración se aceleraba mientras subía las últimas escaleras de Gran Vía. Llegaba tarde y la noche era desagradable, tal vez como los sentimientos que le recorrían de arriba abajo una vez más. Pero creía que esta vez era diferente. Esos sentimientos le estaban llevando a pensar y a hacer cosas que parecían dejarle fuera de control.

El Club era tan antro por fuera, como por dentro. Se preguntaba qué se le debía perder a la gente a la noche para acabar arrastrando sus cuerpos hasta aquel lugar, donde las luces fusionaban el ambiente con la mugre que emanaba en cualquier rincón. El hedor era una mezcla de sudor, humo de tabaco y culo. Probablemente ayudado por un sistema de ventilación más propio de una peluquería que de un Club, que seguramente ostentaba la licencia de apertura desde los tiempos de Tierno Galván.

Los primeros encuentros en Club Enfrente le provocaban un estado de ansiedad que le aceleraban el corazón, sintiendo de esta forma el juicio hacia la llamada entre lo moral y lo inmoral. Pero Bene ya no se sentía ansiosa, daba por hecho que Bukkake era la única opción para terminar su plan, y lo había calculado milimétricamente durante meses antes de contactar con la asociación.

Juan era un tipo de dudosa procedencia y honor. Medía cerca de dos metros y vestía con una chupa de polipiel negra que le llegaba casi hasta los pies. Su pelo era largo y brillante, su cara estaba alarmantemente llena de cicatrices, pero su animada cara le concedía un aspecto tranquilo. Su verborrea desenfrenada le acercaba más a promotor de champú por ETT que a un matón a sueldo. Era probable que el nombre Bukkake se le hubiera ocurrido a Juan, su aspecto lascivo era inquietante.

-Hola Bene, dijo Juan mientras se incorporaba para darle dos besos en las mejillas.

Bene contestó un escueto hola, pero hubiera deseado no decir nada.

Mientras, se dirigieron al fondo del local para encontrar asiento en un apartado rincón, para hablar del plan sin que nadie pudiera entrometerse en sus asuntos.

– ¿Tomaras algo Bene? ¿Lo mismo de siempre?

– Sí, un gintonic, con mucho hielo y con limón.

– Marchando, y Juan desapareció entre las cortinillas de lentejuelas color azabache.

Bene esperaba mirando fijamente el reloj apostado al fondo del club encima de la zona de los apartados. Ni tan siquiera prestaba atención a la música o a la gente que pasaba a través de las cortinas. Juan le quebró la concentración mientras se acercaba con las copas.

– Verás, creo que es el momento de pasar a la segunda fase… y se hizo el silencio mientras aún buscaba la mejor postura sobre el asiento enfrentado al de Bene.

– El gato está bien, pero ya es hora de reunirlo con su dueño – dijo Juan.

Bene carraspeaba a la par que avanzaba su copa a pequeños sorbos.  No se sentía preparada para avanzar con el plan, pero estaba decidida.

– Bene, ¿estás segura de lo que quieres hacer?

– No estoy segura, pero es el plan, y tenemos que acabarlo.

– De acuerdo Bene, hemos estado observándole, y sabemos dónde se mueve y cómo lo vamos a hacer. Por última vez… ¿estás…? – dijo Juan con la voz entrecortada.

– ¡Cállate!, no necesito preguntas existenciales, necesito acabar con él o sin él.