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Capítulo 7. El derby

Winston Churchill, menudo gilipollas –pensó Alfredo–. Juanjo se debe de creer un elegido por encontrarse un gato al lado de un paquete de tabaco. El tío es tan ignorante que no se da cuenta de que ha montado un Gran Hermano gatuno con un bicho que se llama igual que el protagonista de 1984. Bueno, y al otro le ha puesto el nombre de uno de los mayores carcas del último siglo, no sé qué es peor.

Y es que, por mucho éxito que tuviera el gato, Alfredo no podía soportar que el sueño de su vida se hubiera convertido en una plataforma para que las mascotas de unos ricachones hicieran el Ronaldinho.

-Me cago en el rabo de Natalia –murmuró–. Bueno, da igual. No voy a permitir que Juanjo me amargue la existencia.

-¡Ring, ring, ring!

-A ver si cambio el tono de llamada. Doscientos euros de cacharro y cuando voy a visitar a mi abuela, no sé a quién le llaman.

Alfredo miró el móvil antes de descolgar.

-Joder, otra vez Juanjo. ¿Le parece que nos vemos poco entre semana?

-¿Sí?

-¿Qué pasa Freddie? Tengo una noticia cojonuda: me acaba de llamar Bene para decirme que este fin de semana su cuñado tiene una reunión de trabajo en Alemania.

-¿Y? Me cae de puta pena, pero me conformo con no cruzarme con él. No me alegra especialmente que esté a 2.000 kilómetros de aquí.

-Noooo, animal. ¿No te acuerdas de que Mario es socio del Madrid?

-Sí, el cabrón es pepero, meapilas y del Madrid: la Santísima Trinidad de los gilipollas.

Jajajaja, relájate campeón. Lo que Bene quería decirme es que gracias a la generosidad cristiana de su cuñado, este año vamos a poder ver el derby en la tribuna del Bernabéu. ¡Mañana ganamos sí o sí!

-Paso. Con lo malos que somos no tenemos nada que hacer. Y, aunque hagamos el partido de nuestra vida, seguro que el árbitro nos pita un penalti o nos expulsa a alguien. Nunca falla. Además, este fin de semana me voy a la Sierra. Estoy un poco estresado por el trabajo de estos días, necesito desconectar.

-Joder, qué pena. Esta temporada tengo un presentimiento. Bueno, a lo mejor puedo ir con Antonio… ¿tienes su número por ahí? Jajajaja.

-Que te follen. Nos vemos el lunes. Si quieres quedamos en el bar de Andoni para tomar un pincho antes de currar.

-Ok. Pásatelo bien pajeándote con Mokowski.

-Bukowski, Juanjo, Charles Bukowski. Mokowski es lo que te pillas tú cuando sales con tus amigos farloperos.

-Lo que tú digas. Nos vemos el lunes a las nueve y veinte.

Casa Andoni, 9:39 a.m. del lunes.

A Juanjo se le pasó el fin de semana volando. Seguramente porque le ayudó la botella de Jack Daniel´s que se trincó para olvidar el partido.

Por fin apareció Alfredo.

-¿Qué pasa tío? ¡Cada día llegas más tarde! Normalmente leo el Marca mientras vienes, pero la verdad, hoy no tenía muchas ganas. ¡Qué cabrón el árbitro!

-Te lo dije.

-Por cierto, ¿qué tal en la Sierra?

-Ehhhh… bien. Ya sabes, tranquilo. No he hecho nada especial salvo leer y ver algunos capítulos de Los Soprano.

Ring, ring, ring.

-Es Bene. Qué raro… ¿sí?

Bene no podía dejar de llorar.

-¡Subid aquí! ¡Rápido!

-¿Qué pasa? ¿Estás bien?

-¡Subid!

-Vámonos a toda hostia, no sé qué cojones le pasa a Bene.

Cuando llegaron a la agencia, sus facciones se congelaron. La puerta estaba forzada y el suelo lleno de folios, teclados y pantallas de ordenador. Bene lloraba desconsolada en una esquina.

-Bene, ¿estás bien? ¿Nos han robado?

-No, no se han llevado nada. Bueno sí, los gatos no están. -A Bene le seguían cayendo los lagrimones-.  Y han hecho esa pintada de ahí:

Juanjo y Alfredo miraron a la pared y vieron una gran palabra pintada con spray rojo: “Bukkake”.

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