Archivo del Autor: Ángela Elía

Capítulo 4. El teléfono.

Con tan solo cinco horas de sueño, después de una larga noche de presupuestos y facturas, el despertador volvía a sonar. Ducha fría porque el calentador se ha estropeado de nuevo, hora punta en Gregorio Marañón y un loco que casi la atropella en el paso de cebra delante de la agencia.

La mañana había empezado con fuerza para Bene. Seguía teniendo una pila de papeles por hacer y desde hacía dos horas el teléfono no paraba de sonar.

– Misa de doce, buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?
Por supuesto, ahora mismo le paso con nuestra Directora de cuentas.

Bene pulsó la tecla de llamada en espera, carraspeó y se puso erguida (todo lo que le dejaba su silla “Jules” de IKEA, recién nombrada la “mata-espaldas”).

– Vamos a allá. (clic)
¿Si? Hola Ricardo, ¿como va todo? ¿qué tal va ese Hierro 3? ¿Muchos hoyos en uno?
Ya sabes que me encantaría pero esta semana la tengo llena.
Claro, prometo hacerte un hueco la semana que viene.
Si si, no te preocupes va todo sobre ruedas. Ya tenemos al equipo creativo trabajando en ello, y ya sabes que cuando Alfredo lo ve, es un éxito seguro.
De acuerdo Ricardo, te avisaré personalmente.
Si si, no me olvido, buscaré un hueco la semana que viene.
Vale Ricardo, nos vemos. Ciao.
¡Uf! ¡No puedo con este hombre!

Suena el teléfono.

– Misa de doce, buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?
Ahora mismo le paso. Juanjo es para tí, son los informáticos, te paso.

Suena el teléfono.

– Misa de doce, buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?
Rocío, (suspiro) no puedes estar llamándome cada dos por tres, tengo muchísimo trabajo…
A ver, dime…
Bueno no se si Alfredo querrá, estamos muy liados…
Vale, vale, se lo diré. Un beso hermanita.

Bene se levantó por primera vez en tres horas de su silla, y caminó los seis metros que separaban su mesa de lo que Alfredo llamaba su “espacio creativo”.

– Alfredo, ha llamado mi hermana, dice que Mario nos ha conseguido invitaciones para una “business party” privada que dan los de Hendricks en el Florida Park del Retiro. Es para el viernes.

– ¡Tu cuñado es imbecil! –espetó Alfredo.– Qué se cree, que por invitarnos a fiestecitas se va a sentir mejor. Ni crisis ni nada, nos echaron por su culpa, y punto. Que se meta sus invitaciones por donde le quepan.

– Bendita la noche en que convencí a Rocío de que me acompañara a la fiesta de publicistas. –lamentó Bene.– En fin, dejando nuestras rabias a un lado, quizá deberíamos ir. Hendricks puede ser un gran cliente, y sabes que Felipe tiene muy buenos contactos dentro, podemos hablar con él y…

– ¿Qué tienes tú con Felipe?–interrumpió Alfredo.– Ultimamente solo hablas de él.

– Está claro que hoy no se puede hablar contigo. Tú y ese estúpido orgullo que te viene de serie. Haz lo que quieras, yo solo te digo que lo pienses.

De pronto un grito rompió la tensión que había en el ambiente.

– ¡Si, si, si! ¡Lo sabía! –gritó Juanjo desde el fondo de la oficina.–
No os lo vais a creer. ¡La hora de Churchill es un éxito!

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