Archivo del Autor: Miren Martinez Yeregui

Capítulo 2. Otro desayuno.

-Se te van a poner blandos los Frosties Irene, haz el favor de terminar que vamos a llegar tarde al cole.
-Mamá, los Frosties son asquerosos, a mí sólo me gustan las Estrellitas.
-Hasta que no se terminen los cereales que le gustan a tu hermano no vamos a comprar los tuyos. A ver si aprendemos todos a ser un poco menos caprichosos. Y, ¿cuántas veces tengo que repetirte las cosas? no se dice que algo es asqueroso en la mesa. Pedro, ¿tienes la mochila de judo preparada? Hoy te recojo yo y te llevo directo al entrenamiento que Papá tiene que ir al médico por la tarde.
-Mamá, ¿dónde están mis zapatillas? ¿me las traes?
-Mamá, ¿me haces una coleta?
-Siempre tienes que hacerle las cosas a ella antes que a mí, Mamá. ¡Yo también soy tu hijo!

Rocío se despertaba cada mañana media hora antes que sus hijos porque sabía que en cuanto se levantaran todo giraría en torno a ellos. Se pegaba una ducha,  elegía la ropa que vestiría ese día y se pintaba los ojos acorde con su atuendo. Cuando consideraba que estaba lista para salir, invitaba a los niños a comenzar el día con un beso y un te quiero susurrado al oído. Su mayor preocupación desde que Pedro dejó de ser un bebé era encontrar el equilibrio entre el amor y la disciplina que debía inculcar a sus hijos.

-Vamos chicos, que como pillemos atasco en Alcalá volvemos a llegar tarde al cole –alzó la voz para que Pedro e Irene le oyesen desde el piso superior. Cogió los zumos y galletas para el almuerzo de sus niños y se los metió respectivamente en las mochilas cuando bajaban en el ascensor al garaje.

-Mamá, ¿por qué Papá tiene que ir a trabajar cuando no hay cole? –Irene estaba impaciente por retomar las excursiones por el Retiro con su padre y su hermano mayor. Siempre aprovechaban los sábados por la mañana para escaparse los tres con las bicicletas. Rocío adoraba esos ratitos que tenía para sí misma, sin hijos, sin marido, sin trabajo; pero, como la niña, lamentaba que su marido llevase dos fines de semana seguidos sin salir del trabajo.
– Cariño, papá tiene mucho trabajo pero nos ha prometido que va a esforzarse mucho mucho esta semana para, el sábado, llevaros otra vez al parque –le contestó Rocío mientras aparcaba frente al colegio.
-Y ¿cuándo es el sábado, Mamá? –le preguntó Irene. –Tienes que dormir 5 noches para que llegue el sábado –le contestó despidiéndose de sus hijos mientras se bajaban del coche.

Cuando Rocío vio a sus hijos entrar por la puerta del colegio cogió el teléfono y marcó el número de la agencia de su hermana gemela.
-Misa de doce, buenos días, ¿en qué le puedo ayudar? –contestó una voz cansada.
-Benedicta, no sabes el día que llevo y son sólo las 9 de la mañana.
-Rocío, me importa una mierda cómo te vaya el día mientras me llames Benedicta. Ya tengo bastante con los nuevos clientes. ¿Te lo he dicho? Trabajamos para la nueva campaña de recaudación de la Iglesia, en lo de la casilla de la declaración de la renta. No veas lo pesados que están con mi nombre los curas. Que qué afortunada soy, me dicen. Benedicta por aquí, Benedicta por allá. ¡Cómo para decirles que estoy en pleno trámite de cambio de nombre! ¡Ya sabía yo que Misa de doce no era un buen nombre para el negocio! No teníamos que haber…
-Pero, ¿de verdad vas a hacer lo del nombre? –le interrumpió -Bueno, eso son cosas tuyas. Yo te llamo para preguntarte si anoche viste el programa de Jesús Quintero, el de Los Colores de los Ratones o el…
-Ratones Coloraos –le cortó Bene –se llama Ratones Coloraos y sí, lo vi. ¿Lo dices por la entrevista a Punset, no? Por fin hay alguien que entiende que no es que seamos escrupulosas, lo que somos es precavidas.
-Sí, me encantó la parte en la que decía que la humanidad había ganado en esperanza de vida gracias a limpiarnos las manos.