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Capítulo 9. A traición

Cuando salió del baño, Bene ya no estaba allí. Es probable, casi seguro, que sepa lo
que acabo de hacer –pensó Alfredo. Que la follen. Y se dirigió a su despacho con una
inesperada sensación de ligereza en sus pantalones y en su cabeza. Desde la sorpresa del
travestido no había conseguido desahogarse de esa manera.

En su despacho todo seguía igual. La de la limpieza, por miedo a los reproches de Bene,
no había querido arriesgarse a meter algo donde no debía y se había limitado a dejar
todos los papeles amontonados encima del escritorio, un cristal sobre dos caballetes
por el que habían renunciado a tener un becario. Alfredo cogió todos los papeles con
las dos manos y sin mirarlos los tiró a la basura. Luego metió el pie en la papelera para
aplastarlos y dejar sitio al resto.

Con pocas ganas de nada encendió su nuevo MacBook Air de trece pulgadas, hacía pocas
semanas que su hermano se lo había traído de Nueva York. Era raro que siguiera ahí.

Qué pasada de cacharro –dijo en voz alta. A los pocos segundos ya había entrado en su correo.

¡¿Ciento sesenta mails en mi bandeja de entrada?! –dijo alzando la voz. Privalia, Telva,
Mujer Hoy… definitivamente este no es mi correo. En la esquina superior derecha
encontró la confirmación: bene@misadedoce.com. ¡Qué hija de puta! –musitó– ¿por qué no
utilizará su propio ordenador? Pero algo prendió en ese momento en su cerebro que hizo
brotar media sonrisa en su rostro.

Después de quince minutos haciendo scroll Alfredo sólo podía confirmar que Bene era
una tía pereza. Lo único que merecía la pena entre las suscripciones a revistas femeninas
y las recetas de cocina era el mail de un tal Antonio que le decía lo bien que se lo había
pasado el día anterior. Ella le contestaba dándole las gracias y diciéndole que para ella
también había sido una noche muy especial.

Así que Bene se ve con alguien y no es Felipe. Eso está bien –afirmó. Aunque sea otro capullo.

Pero no era suficiente, Alfredo había encontrado una motivación y no pensaba soltarla con tan poco. No fue hasta la sexta página cuando encontró algo que por fin sació su curiosidad, aunque esta vez no tenía, en absoluto, un sabor agradable.

Podía haber pasado desapercibido, pero el remitente del mail llamó su atención:
Asociación Bukakke para la Defensa de los Animales. La incertidumbre le llevó a hacer clic sobre él sin pensar.

De pronto un fuerte sonido de cristal roto atravesó todas las salas de la agencia.

Juanjo se asomó por la puerta de su despacho para ver qué pasaba.

– ¿Jelouuu? –saludó un poco desconcertado.

– ¡Juanjo! Ven. Pasa. Cierra la puerta. Los ojos de Alfredo temblaban. La palma de su
mano seguía aplastada contra el cristal de su mesa.

– ¿Qué pasa tío? ¿Va todo bien? Vaya jodido lío por culpa de los gatos, ¿no? Con el curro
que tengo.

– Escucha Juanjo. Hay algo más grave –mencionó Alfredo con la voz rota. La puta loca
de las monedas ha vuelto a engañarnos.