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Capítulo 1. El desayuno.

Dos euros con veinticinco céntimos. Así, en monedas. Desde hacía unos años, Bene procuraba pagar siempre con el dinero justo para no recibir monedas sucias, impregnadas de a saber qué virus o qué males. Alfredo seguía rebuscando en su bolsillo y tensaba la situación mientras la camarera esperaba su otro tanto.
-¿Tienes algo suelto? -le preguntó. -Tengo 3 euros, pero no tengo justo -se quejó Bene, que sabía perfectamente que conocía su debilidad-.

Tras una leve mueca de Alfredo, Bene pagó a regañadientes y dejó las vueltas en el platillo.

-No entiendo por qué haces eso -le espetó Alfredo al salir de la cafetería.
-Lo que no entiendo es por qué me haces pagarte el desayuno.
-Bueno, mañana pago yo. Pero hazte un favor. Quítate esa manía que tienes de desinfectar las monedas. ¡No pasa nada! Las monedas se tocan, como esa barandilla, la puerta o las llaves. Igual que mi pañuelo de mocos. Y todo sigue igual -le recriminó Alfredo mientras avanzaban hacia la oficina por una pequeña calle de un barrio céntrico de Madrid-.
-No. No creo que todo siga igual. Y, créeme, nos iría bastante mejor a todos si fuésemos más limpios y cuidadosos con lo que tocamos.
-Pues sí, y qué. Si de todos modos luego vas a tocar el pomo de la puerta. Cuando subas a la oficina, te lavas las manos y punto.
-Sí, eso ya lo hago. Pero una moneda no es lo mismo que un pomo. El pomo lo han podido tocar 20 personas, pero una moneda no. Cuántos pueden haber tocado las que he dejado en el platillo, ¿millones? Y de ésos, ¿cuántos pueden tener una herida en la mano o en cuántas meadas de perro se han podido bañar?
-Bueno, y qué pasa. Que yo sepa, los poros, por ahora, no absorben la suciedad. No te va a pasar nada.
-¿Tú sabes cuántos movimientos inconscientes podemos hacer hasta subir a la oficina y lavarnos las manos? Te descuidas y te sale un herpes, un orzuelo… o peor, una infección de orina. Mira, Felipe mismamente tiene hongos en las manos. ¿Qué me dices de eso?
-Eso no tiene nada que ver. ¿A saber dónde ha metido la mano ése?

Bene y Alfredo entraban en el portal de su oficina. Subieron al cuarto piso y nada más cruzar la puerta de la agencia, se pararon a observarla. Era el segundo día que trabajaban ahí y, lo más importante para ellos: por fin, aquel negocio era suyo.

Llevaban trabajando juntos más de seis años, y tres de ellos soñando con un negocio propio. Así que cuando la crisis se les echó encima (o al menos eso tuvieron que creerse de boca de los mandamases) vieron muy clara la oportunidad.

Observaban el letrero blanco esmaltado de Misa de doce. La agencia de comunicación sincera.

-Vamos, al tajo, que esto no se levanta solo. -interrumpió Alfredo. -Voy a repasar la nota de prensa y la envío a… ¿me pasas las direcciones? -Ahora mismo. -le contestó Bene.

Se sentaron frente al ordenador y esperaron a que se encendiera sin apartar la mirada de la pantalla.