Archivo del Autor: javier del Castillo

CAPÍTULO 11. EL CLUB DE LOS DOCE

– Estoy empezando a hartarme un poco de todo esto. Dijo Alfredo antes de apurar la copa de vino. Esta agencia se está yendo al garete y parece que a nadie le importa. Es increíble… yo es que flipo.

– Lo peor es que encima de saber que no haces lo correcto tratamos de vendérselo de igual forma a nuestros clientes. –Continuó mientras buscaba con la mirada la botella-. ¡¡¡Y los muy idiotas compran!!! No entiendo porque les dejan seguir reproduciéndose… así va el país como va.

– ¡Valiente tú! –le increpó Mario-. Esto lo dices ahora que acabas de volver de un rodaje mientras el resto nos quedábamos pringando. Primero te aprovechas y luego te quejas, tú sí que sabes…

– ¿Y qué iba a hacer? Seré un judas pero hay que comer, ¿no? Como si tuviésemos otra opción… Judas, no lo olvidéis, era parte de los discípulos de Jesucristo y aunque fuese la Yoko Ono de los Beatles hebreos, también fue el detonante que ayudó a crear la leyenda.

– Tío, deja los “viajecitos” al lavabo que no te sienta nada bien. Te pones a soltar una de gilipolleces sin sentido…

– Sí, sí, lo que tú digas Mario. Pero dime, ¿por qué seguimos viniendo a trabajar? Por lo desarrollados profesionalmente que nos sentimos no es, a menos que carezcas completamente de ética. ¿Por la pasta? Pfff… si cuentas las horas que metes no te sale a cuenta. De fama tampoco vamos a vivir, los libros los acaban escribiendo los ogilvys, segarras y solanas.

– Entones ¿por qué sigues volviendo?

En la conversación solo participaban Mario y Alfredo pero toda la mesa seguía atenta, de hecho, ya habían llamado la atención de algunas de las orejas que los rodeaban.

Aunque considerarlo una conversación es mucho considerar, simplemente jugaba con Mario mientras representaba su monologo. Alfredo siempre hacía lo que quería, su pico de oro le había hecho ser un copy excelente pero podía haber sido cuentas porque se hacía con los clientes con la misma facilidad que conseguía embaucar a las mujeres, aunque nunca conseguía mantener demasiado tiempo a ninguno de los dos.

– Por fe, mi querido Watson. Le contestó convencido Alfredo. Todo el mundo veía que lo estaba retando para poder seguir con su discurso independientemente de lo que dijese. Hasta el propio Mario, pero no lo pudo evitar.

– Pero que dices, si tú al único dios que rezas está al otro lado del espejo en el que te miras…

Y Mario sonriendo vio luz verde, ya tenía la atención de todos y estaba disfrutando.

– La fe es lo más parecido a un trabajo bien hecho que vas a encontrarte en tu vida. Es lo que hace que una marca este realmente unida a su público, que digo unida, la palabra exacta es integrada.

– Fíjate lo que consiguió “El Club de los Doce”. Si no es eso una campaña de comunicación ya me dirás. Pero ellos creían en lo que hacían, y se olvidaban de tonterías. –Seguía diciendo- ¡Joder! Es que si hubiesen hecho un pretest olvídate del resto de la historia… y mira si obtuvieron resultados!!

– Sí, -le interrumpió Mario- pero al final todos acabaron muertos o perseguidos. Alentador si estás buscando un modelo a seguir.

– Vale, pero piensa lo brutal que fue su filosofía de trabajo que de lo que algunos hubiesen considerado el final de su curro ellos lo convirtieron en el mejor logo de la historia. –y Alfredo continuó como extasiado-. Hoy en día, perder un cliente así hubiese supuesto cerrar la agencia. Porque hoy en día no hay fe. Y es normal, porque trabajamos muy lejos de nuestros clientes. De hecho es muy significativo que digamos que trabajamos “para” nuestros clientes, en vez de decir que trabajamos “con” ellos.

En ese momento Alfredo se descubrió hablando de pie para toda la sala. Y Mario aprovecho ese momento de debilidad para ponerle la zancadilla que le costaría el puesto, aunque ninguno en ese momento lo supiese.

– ¿Y qué piensas hacer? ¿Crucificarte?

Y otra vez el subconsciente le traicionó, su mente estaba conectada a su lengua y no era la primera vez que le metía en problemas. A veces dudaba si decía las cosas o solo las pensaba, pero esta vez estaba seguro de que lo había dicho en voz alta.

Largarse y montarse su propia agencia, cómo había podido pensar que era una buena idea o mejor aún, como había podido decirlo delante de toda la agencia. ¿Quién se iba a ir con él? Por si con la primera no se le había ido la pinza lo suficiente lo tuvo que rematar. Ahora sí que no tenía opción de desdecirse, la había cagado por completo.

Y una voz tímida lo sacó de su ensimismamiento.

– Pues yo me voy contigo.

La miró a los ojos y sintió pena por ella. Ahora después de tanto tiempo, la miraba y seguía sintiendo pena por ella, no entendía porque lo había seguido aquel día, ni porque no se había ido todavía.

Si lo pensaba bien, no había cambiado nada desde aquel día. Un colocón de idealismo seguido de una gran resaca de realismo con achaques de pragmatismo.

La volvió a mirar y pensando en todo lo que había pasado desde entonces le dijo:

– Bene, somos gilipollas.

– Sí, pero tú además eres subnormal.