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CAPÍTULO 14: SANTA TERESA

La llamaban Betty Boop. Algo evidente en la noche madrileña, se había ganado la fama de ser facilona con los hombres. Llevar cerca de 2 años trabajando en La Petisa no ayudaban a mantener la discreción. Rondaba los cuarenta y a pesar de que sus pechos habían perdido turgencia, siempre abría más de la cuenta la botonadura de su camisa blanca.

-Hola guapa, nos pones un Santa Teresa Selecto con Coca-Cola y un Jack Daniels con hielo.

-Sólo tengo el Santa Teresa Gran Reserva…

Alfredo lo sabía perfectamente, pero confiaba en que su insistencia acabara surtiendo efecto. Miró a Juanjo con desgana.

-Eres un pesado, Alfredo. Sírvele el Gran Reserva, como la última vez. –Dijo Juanjo mientras buscaba algo en su móvil.

Alfredo suspiró, y se giró para seguir con la mirada los pasos de Betty Boop.

-Me pone muchísimo, tío. Todavía no me puedo creer que se estuviera tirando al panoli de tu primo.

Alfredo volvió a mirar a Juanjo en busca de una respuesta.

-¡Juanjo! ¿Quieres dejar el puto móvil?

-Estoy intentando encontrar algo de los de la asociación esta de animales, pero no hay manera. Todavía estoy flipando con el email.

Alfredo, aún intentando entender lo que estaba ocurriendo con el gato, parecía, desde la entrada a La Petisa, más centrado en los atributos de la camarera. Juanjo conocía bien a Betty Boop. Un primo suyo había estado saliendo con ella durante algún tiempo y el propio Juanjo se había ocupado de exagerar la distracción moral de la chica. Su nombre real era Sofía. Aunque quizá no hubiera ejercido nunca, había estudiado veterinaria, pero era más conocida por haber trabajado en varios garitos de Huertas.

Juanjo se llevó la copa de whisky a la boca mientras seguía empeñado en encontrar alguna información en la red.

-Sigo sin entenderlo, Alfredo. No sé a qué cojones está jugando Bene. ¿Con qué cara la miro cuando entre mañana en la agencia?

Alfredo se encogió de hombros mientas suspiraba levemente y apretó sus labios con cara de incredulidad. Él creía conocer bien a Bene. En muchas ocasiones se había sentido culpable de haberla embarcado en su proyecto de Misa de Doce, pero llegados a esa situación se sentía contrariado.

-Hace poco quedó con un tal Antonio.

-¿Quién? –preguntó Juanjo mientras guardaba su teléfono.

-¿Quién va a ser? ¡La loca de las monedas!

-¿Y qué tiene que ver el Antonio ese con los hijos de puta del Bukkake?

Alfredo se iba y venía de la conversación. Su mirada quedaba perdida constantemente en los movimientos de la camarera que no paraba de servir cócteles y cubatas.

-¡Alfredo!

Alfredo había esperado hasta encontrarse con la mirada de Betty Boop, y le sonrió. Ella le aguantó la mirada durante un par de segundos, cogió el pimentero y prosiguió preparando un Bloody Mary. Alfredo retomó la conversación.

-No sé, no tiene nada que ver. Simplemente te lo comentaba. Es curioso lo de Bene, si fuera igual de escrupulosa en la cama que con las monedas…

-¿Antonio? ¿Un tío bajito y de gafas?

-Que no tengo ni idea, Juanjo. Pasó la noche con Bene hace algunos días pero no sé más. El muy pringau le escribió un email para darle las gracias.

Juanjo se mantuvo pensativo durante unos segundos con el ceño fruncido y mientras dejaba caer la mirada. Alfredo que estaba observándole se impacientó.

-¿Por?

Juanjo arrancó con voz perezosa.

-No lo sé. El otro día cuando fuiste a recoger a tu hermano al aeropuerto vino un tío a la agencia. Bajito, con gafas e incluso diría que con acento sudamericano. No les hice mucho caso pero juraría que se llamaba Antonio.