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Capítulo 10. La Petisa

“Dos treinta y cinco, dos cuarenta y cinco y…a ver porque creo que llevo por aquí una de cinco céntimos…sí, aquí está, te pillé. Aquí tiene, caballero, dos cincuenta”.

Bene pagó el vodka-naranja y se dispuso a sentarse en una de las pocas sillas vacías que quedaban enLa Petisa.  Losdomingos siempre había más gente de lo habitual. Alzó la vista y al ver su imagen en el aparatoso espejo que inundaba la pared no pudo evitar hacerse una pregunta: “¿estoy haciendo lo correcto?”

Tras pegar un breve sorbo al combinado a través de la pajita que desde hacía un par de días le acompañaba allá donde fuera, recordó la última vez que había disfrutado de aquel sabor. ¡Cómo olvidar aquella noche en el María Cristina!

Bene sintió la necesidad de dar un nuevo sorbo, pero en esta ocasión cerró los ojos. Como si de un acto reflejo se tratara, sintió levantarse uno tras otro todos los pelos de su brazo y ahí lo vio. Después de tantas y tantas horas contemplándolo a través de aquel cristal sucio de la antigua oficina, por fin pudo verlo tal y como había soñado en multitud de ocasiones desde que lo conoció hacía más de cinco años: desnudo.

Ahora sabía que probablemente para Alfredo, lo que ocurrió esa noche, no fue sino el resultado de mezclar ocho o diez birras con un par de cubatas, pero para ella todo aquello había significado mucho. Más que mucho. Llevaba años queriéndolo en silencio, esforzarse por resultar alguien interesante para él. Incluso fingiendo interés por montar un negocio propio en el que Alfredo estaba empeñado, a pesar de que ella se conformaba con aquel trabajo. Cualquier cosa para estar a su lado y esa noche, más que nunca, por fin estaba a su lado.

Inspirada en aquella noche, y con la esperanza de conseguir algo más, Bene no dudó en acompañar a Alfredo en su aventura en Misa de doce. Pensó que sería una buena oportunidad para pasar más tiempo juntos y para conocerse aún mejor. Lo que no se había planteado era que conocer mejor a Alfredo podría romperle a ella el corazón.

Bene aspiró con fuerza a través de la pajita hasta que no quedó ni una gota de bebida en el vaso. Volvió a levantar su mirada, esta vez con rabia, y contemplándose de nuevo en el espejo se preguntó: ¿por qué ella?

Desde que se embarcaron en la idea de Misa de doce Alfredo había ido enviando a Bene decenas de señales que le indicaban que la noche del María Cristina sólo había sido un calentón, pero ella no perdía la esperanza. Había desarrollado una habilidad especial para restarle importancia al hecho de que Alfredo se liara cada sábado con una o con otra. “Son sólo rollos sin importancia”, se repetía.

Pero lo que había contemplado hacía apenas 24 horas había hecho saltar por los aires todo eso. “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”, se repetía mientras se ensañaba con la pajita contra la rodaja de naranja. “Con ese pelo. Con esa boca. Con esos ojos. Con esas manos. Con esos pies. ¡Con esas tetas, joder!”

La mañana anterior Bene había pillado a Alfredo con otra mujer dándose el lote por la calle y por más que se lo preguntaba no acertaba a comprender por qué con ella no quería nada y sí con la otra. Al fin y al cabo ambas eran hermanas gemelas.

Justo en ese momento sintió una mano en su hombro.

“Hola Bene, soy Juan, de Bukkake. Perdona que vayamos al grano pero es que tengo un poco de prisa. Mira, este es el plan.”