Capítulo 8. La madre de Homer Simpson

Aunque el metro no estaba abarrotado, no había un solo palmo que no estuviera ocupado por personas amarillas de ojos saltones y cuatro dedos en cada mano. Alfredo las imaginaba para resolver la incógnita que desde la parada de Tetuán pinchaba su cabeza: ¿Cómo coño se llamaba la madre de Homer Simpson? La ama de casa hippie, activista y al margen de la ley por destruir los experimentos biológicos del señor Burns. De Valdeacederas a Tetuñan, su vagón había estado habitado por calvos a lo Bruce Willis y graffitis de la organización terrorista del Ejercito de los Doce Monos. Pero esta vez, la respuesta comenzaba a ser lenta y pesada. Cerró los ojos y se acarició la frente, esforzándose por evocar suficientes imágenes para completarla.
La mente se llenó con sus propias sombras: Misa de doce. ¿Por qué la había creado? Quizá la única motivación era volver a ser amado, a congraciarse con la profesión, con los hombres y mujeres de clase media, media alta que viven en núcleos urbanos de más de cincuenta mil habitantes o hacer las paces con la vieja pasión: aunque al final parecía que la razón se había cansado de él y su talento. Desde la llegada de la crisis y la decisión de embarcarse con Bene en la agencia de comunicación sincera los días habían transcurrido lentos y pegajosos, calcados los unos a los otros en un revoltijo sin color y lo único que ya quedaba en su memoria era la escocedura de la pérdida de su integridad. Se daba cuenta que su vida era una copia de otra aún por descubrir.
Misa de doce estaba manchada por el pecado original del plagio, del homenaje. En el hotel María Cristina, la noche con Bene, un gurú de la creatividad calvo y mirada pueril había comparada y exaltado a la Iglesia con una agencia de publicidad: un logo en forma de Cruz, Dios como director creativo ejecutivo y demás similitudes forzadas pero reveladoras para centenares de orejas deformadas por patillas de gafas de pasta. Apenas recordaba nada de aquellos días: eran una nube gris en su pasado. ¿Por qué tanto derroche de vida con la gente de la profesión? Con todas esas personas que ni siquiera saben que están vivos. ¿Por qué creyeron que podían hacer buenas todas esas horas de trabajo que otros malgastan? No era racional, no era justo ni económico y no se habían dado cuenta hasta que la broma de Juanjo con Churchill y misadedoce.com dinamitaron el concepto que él quiso imponer a los otros: un destino que había creado movido por el altruismo del idealismo profesional.

–Debimos dejar en manos de ellos –propuso en susurros– la decisión de cómo podría ser Misa de doce. Puede que éste sea uno de esos casos en que tienes que dar un paso atrás y observar las cosas con perspectiva y entender que llegar a tener tu propia vida es en sí mismo lo que convierte el mundo en un lugar mejor.

–Próxima estación, Iglesia– dijo el vagón de las madres de Homer.

No tenía ni idea de lo que le ocurría. Siempre había sido muy listo, muy rápido para aprovechar las oportunidades y sacarles partido, pero ahora se sentía lento, falto de sincronización, incapaz de seguir la corriente. El mundo lo estaba dejando atrás, y lo más extraño era que le daba igual. Ya no tenía ambiciones. No estaba resuelto a triunfar ni buscaba estímulos. Sólo quería que le dejasen en paz, ir tirando lo mejor que podía y dejar que el mundo lo llevara y esa sensación lo purificaba, lo hacía sentirse íntegro, buena persona, puro.

–Buenos días, Bene.
–Buenos días, Alfredo.
–Bonita mañana.
–¡Qué mierda te pasa!– gritó Bene en medio de un caos de papeles y muebles fuera de su lugar–. No tiene de bonitos nada. Todo sigue igual desde ayer, nadie sabe nada. La policía pasa del asunto. No hay clientes, no hay Churchill, no hay nada, nada, nada.
–Tenemos una agencia.
–Una agencia –dijo Bene mirándole a los ojos–. Una máquina para matar las horas, para que el futuro llegue cuanto antes. Eso es lo que tenemos. Un lugar que parecía el comienzo de una vida mejor y ahora es lo que es, una pared con una enorme palabra que no sé qué significa.
–Describe lo que hiciste aquella noche en el hotel María Cristina de San Sebastián –. Sentenció Alfredo y de repente sintió que su pene comenzaba a crecer. Se dio la vuelta y se dirigió al baño. Eyaculó y cuando la integridad resbalaba por el lavabo de diseño entendió que la cara de Bene a su última frase no era de vergüenza, suciedad o asco. Su rostro dibujaba culpabilidad. La culpabilidad que siempre acompañó a Mona Simpson por abandonar a su hijo.

–Ella tiene a los jodidos gatos– declaró Alfredo mientras volvía a guardar su yo en unos calzoncillos de 60 euros.

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2 pensamientos en “Capítulo 8. La madre de Homer Simpson

  1. sete54 dice:

    Cabe destacar que Steve Jobs es hermano de Mona Simpson y por tanto, tío de Homer Simpson.

    http://appleweblog.com/2011/03/tgif-por-que-steve-jobs-es-tio-de-homer-simpson

  2. Molly dice:

    ¡¡Impresionante!! A cinco días de haberlo leído y todavía estoy conmocionada. Como se nota que Jorge es un erudito. El listón empieza a estar alto. ¡Esto se pone interesante!

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